El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Comunicado del Iris DeMent Fan Club

Te lo digo aquí y en la calle— 24-02-2012

Uno lee las primeras cien primeras páginas de Fresy Cool y piensa que el indudable talento literario de AJ (ei-yei) podía estar al servicio de mejores causas, pero a ver quién se lo dice con lo bien que le van las cosas, follando con la musa de la gauche divine malasañera, todo el mundo invitándole a drogas y publicando en Mondadori. Luego ves que el ejercicio éste de deconstruir una cosa antes de que haya sido construida, oséase, el relevo generacional de esos de los que —me temo— nuestro autor sigue comiendo de la mano, ha enervado a mucha gente y entonces piensas que sí, que igual hacía falta y todo. Sabida es mi curiosidad por aquello que provoque espumarajos por la boca. Parece que lo que más jode en el 2.0 es que AJ (ei-yei) se ha lanzado a esta quijotada sabiendo que lo que lleva en la cabeza es una palangana y claro, no les ha hecho ni puta gracia, porque todavía estamos con las tontás de la autenticidad y la teoría del genio kantiano. De momento sólo he leído una crítica favorable, la de un pleonasmático y neoplasmático crítico que dice que lo que más le ha gustado es el rollito del redecorado autobiográfico. A mí la autoconstrucción estética del sujeto, desligada de su autoconstrucción ética, me interesa poco (para eso soy muy foucaultiano, fíjate). En cambio, lo que más ha gustado a este sentimentaloide sin cura es que AJ (ei-yei) haya convertido su primera novela en una multicientopaginática declaración de amor a su chica. Y las faltas (menores) del texto me las guardo para chanzas y fanfarronerías de sobremesa; que no enturbie mi mensaje de que la lectura de Fresy Cool me ha resultado very amusing, algo que no puedo decir de nada de la cerebral y encantadora panda Mora, Fernández y Calvo. Porque encima, lo que David Foster Wallace reclamaba era una contestación a sus pertinentes preguntas con otras preguntas mejores, y no plañideras que las corearan en un castellano trufado de neologismos. Sobre eso escribí hace años en La Vanguardia y no sirvió de nada. Tendré que aprender de AJ (ei-yei) si quiero tomarme en serio la onceava tesis sobre Feuerbach ¿Que no? Ahora entiendo por qué ha utilizado para promocionar su novela un fragmento que, calculadamente descontextualizado, solo puede interpretarse como la quintaesencia del egotrip de AJ (ei-yei), cuando al autor en realidad lo encontraremos diseminado en multitud de personajes y no solo en Pleonasmo Chief como pensarán los desnortados.

Y todo esto, decía, con las cien primeras páginas. En la novela enseguida empieza a bullir un proyecto alquímico que no sabía si iba a terminar como los de Gide o como los de Baudelaire, al que tanto mencionaba (Nota mental: me encanta comparar a AJ (ei-yei) con dioses de la pluma, me hace sentir Fresy Cool). Aposté maliciosamente (por desconfiado) hasta la camisa por lo primero, y resultó lo segundo; aquí tenemos un ejemplo de cómo se puede perder y ser feliz al mismo tiempo. Y ejemplo también de que tener prejuicios no te condena, que el problema es no ponerlos en cuestión. En fin, que aplaudo incondicionalmente su debú no sólo porque me lo he pasado teta, sino porque alimenta mi blochiano Principio Esperanza en nuestras letras. Basta de seguidores de DFW con sangre de horchata. En serio. Basta.

ADDENDUM

Como he dispuesto de algún tiempo más antes de ponerme el mono de subir el butano, aprovecho para reflexionar un poco más sobre la obra. Desde que escribí lo primero he tenido noticia sobre la recepción de la obra. Para empezar, de una temprana (por adelantada al resto de suplementos), entusiasta y desorientada crítica en El Cultural, y que sigue al pie de la letra la narrativa que se ha convenido tácitamente en el círculo literario-editorial del autor de la novela. Tal vez la jugada prevista, la buena, consista en traducirlo al inglés y exportarlo como el DFW español, vete a saber (ese mundo se me escapa por completo). Igual la analogía cuela. Si les parece, vamos a revisar la desgraciada lista de virtudes que atribuye a la novela. Para decir que “No se trata sólo de hacer añicos el discurso aristotélico, que también, sino de dar diez o veinte pasos (de gigante) y terminar, de paso, con todo lo demás“ este hombre tendría que haber estado crionizado los últimos doscientos años, y que la primera novela que hubiese leído fuera Fresy Cool. Me recuerda al Coronel John Taylor en el final de El planeta de los simios; en cualquier momento va a descubrir que de la Puerta de Valnadú solo queda una placa y le va a dar un jamacuco. Insiste en la juventud del autor, para reforzar la idea de genio y negocio precoz de nuestras letras. Pero su juventud se nota en cómo ficciona las sesiones de psicoanálisis y poco más. De hecho, leyendo la novela me ha dado la sensación (tal vez sea así) que en quince años la cultura del MDMA no ha cambiado ni una pizca. Pero es que lo de la juventud lo necesita para decir después lo del “odio al establishment” y la “rabia de toda una generación“. Y por supuesto, nada de eso hay en la novela. Ninguna carga de profundidad a las editoriales, ni a las generaciones (ejem) previas de escritores, ni a la universidad. Las críticas que aparecen en el texto se presentan siempre en forma de cliché (resulta enternecedor que al crítico de El Mundo le pase inadvertido), por lo que quedan desarmadas, no sin cierta ironía. La Complutense se llama Google Text como se podría llamar Wikipedia Controlcecontroluve. A ver si me entienden: la carga de profundidad es que no hay carga de profundidad; ahí reside la alquimia y la gran virtud literaria de la novela: me parece verdaderamente notable y original cómo consigue transformar todo eso en el decorado mítico de su relato. Esa es toda la traición que hay a esa industria que le mima. Y en eso consiste la ruptura con sus mayores a la que me refería anteriormente, a los que todavía no gana en oficio pero sí en talento. Que, a diferencia de la que hicieron estos, su ruptura no es a la contra (y casi mecánica–no–cuántica y por yanqui–mímesis), sino que abarca y trasciende. Y por eso no mienten esos tuiteros que dicen que les ha gustado la novela pero que no entendían las reflexiones sobre teoría literaria. Tampoco han cogido todavía suficiente distancia con la obra AJ (ei yei) y Monelle para darse cuenta de estas cosas que escribo, como demuestra la entrevista que colgaron en el blog de la novela. Buena señal, y otra diferencia con sus mayores, a los que tanto les gusta poner el carro de la teoría delante de los bueyes de la praxis. Así escriben…

El protagonista de esta adenda termina la crítica diciendo algo que si no fuera porque AJ (ei yei) es muy buena persona, sería como para que le diera una hostia cuando se lo encuentre en el Diner de San Bernardo: “Me atrevo a sospechar que no podrá durar siempre su ausencia de convencionalismo y pienso que algo de conservadurismo —aun a muy pequeñas dosis— no le sentaría nada mal a su poderoso modo de ver y contar el mundo“. A la vista de lo que he dicho, me parece que ya está claro que en Fresy Cool no hay una “ausencia de convencionalismo”, ni que necesite “conservadurismo”, sino echar más leña al fuego. De hecho, a lo que este campeón del desatino llama “ausencia de convencionalismo”, yo lo llamo, simplemente, literatura.

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