Alguien ha soltado los monos. Estoy perdido.
Saben dónde estoy, huelen mi culo.
Llevo tres días sin aliviarme, pero la última vez que lo hice me lavé a conciencia. Si algo me incordia es esa suciedad de ahí, esa humedad pegajosa que enreda el vello e impregna la ropa hasta traspasarla.
Pero de nada sirve tanta precisión en el lavaje frente a ellos.
Los monos huelen mi culo, ese es su don, su cometido, su instinto y naturaleza.
Debería haber escogido otro barco, otro destino, otra bodega. Vi las jaulas, oí sus chillidos. Pero ya era tarde, no podía volver sobre mis pasos, devolverme al montacargas, remontar la escalera.
Tras las rejas, los monos no semejan un peligro. Eso creía hasta ayer, tal ha sido mi ingenua confianza. No entendí que les bastan los chillidos para hacerme daño, para delatar mi presencia entre los bultos.
¿Qué puede excitar y divertir más a la tripulación que soltar a los monos?
¿Qué otro pasatiempo sería mejor que atender a mi captura desde el techo enrejado que da a cubierta?
El sol se esconde, una luz parda empapa como la niebla la carga mientras los monos arañan la lona bajo la que pretendía haberme escondido. Sudo y eso multiplica por mucho mis humores, olores, emanaciones…
Chillan, hincan las uñas en la lona, la rasgan, se ensañan con ella impelidos por la ensoñación que genera en su débil mente el anuncio de mi ruda retaguardia.
Desde arriba llueven esputos, carcajadas.
