El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Llavero

Radio de calado— 11-04-2011

Sin venir a cuento de nada, me meto la mano en el bolsillo del pantalón y saco mis llaves. Desde hace cinco o seis años cargo con este llavero inmenso, lleno de llaves. Parezco un sereno. ¿De dónde pueden haber salido tantas putas llaves? Yo no tengo acceso a tantas puertas. Un par o tres, como mucho. En cambio, aquí hay veinte o treinta llaves, quizá más. Por otra parte, tampoco recuerdo haber sido el que las agrupó aquí. “Yo no he reunido estas llaves“, pienso, y por primera vez las inspecciono, una a una. La revisión me deja pasmado: tengo una, enorme y oxidada, que parece la llave de un castillo. De verdad, esto es rarísimo. Hay llaves que me son familiares. En cambio, hay otras que me son completamente desconocidas. Aparte de la del castillo, hay una (una en especial) que por algún motivo me resulta especialmente extraña. Juro que no la había visto en mi vida. Nunca la he usado. Y mucho menos para abrir una puerta. Entonces, ¿qué está pasando? ¿A qué viene esto? La aparición del llavero, de la bola de llaves, coincidió, eso sí lo recuerdo, con el alquiler del piso en el que vivo ahora. Fue una cosa natural. Me recuerdo mirando al llavero, inesperadamente cargado, y pensando: “Es normal. Ahora vivo solo. Es lógico que tenga más llaves, todas estas llaves”. Claro que, bien mirado, analizado desde la perspectiva actual, este auténtico fenómeno paranormal es cualquier cosa menos lógico. Vivo en un apartamento. Por lo tanto, necesito una llave de la puerta de abajo. La puerta de entrada al edificio. (Aquí está la llave, la tengo ahora mismo delante de mí.) Hace poco entraron en el bloque unos indigentes, por lo que el presidente de la comunidad tuvo que cambiar la llave. Esta es la nueva llave de entrada al edificio. Aquí esta, la estoy mirando ahora mismo. La toco, la acaricio… “Me gusta esta llave“, pienso. En total, son dos llaves. Luego, la puerta de arriba. La puerta de entrada a mi apartamento. Una única llave. Una llave fea, molesta. Pero útil, claro. La utilizo para entrar en mi casa. Aquí está. Muy bien, la aparto y la pongo en el grupo de las llaves cuyo origen comprendo (tres en total). A continuación, pasamos a las llaves del despacho (siento el interminable recuento, pero es necesario. La ciencia policial exige un método de investigación riguroso). Aquí tengo mis dudas. Me cuesta aclararme. Diría que son estas cinco. Una de ellas no la utilizo. Pertenece a una cerradura de la puerta de entrada al despacho que está estropeada. Lleva varios años así y ya no espero que la arreglen. Me he acostumbrado a llevarla, y también me he acostumbrado a que la cerradura esté inutilizada. No importa. Las otras dos cerraduras son más que suficientes. Hasta hoy, no hemos tenido ningún problema. Sigamos. Ocho llaves útiles frente a veintitrés llaves extranjeras, venidas del espacio exterior. ¿Quién puede habérmelas puesto en el llavero? ¿Y con qué intención corrupta puede haberlo hecho? ¿Qué pretende, haciéndome cargar con estas llaves? ¿Con qué clase de sucio complot pretenden relacionarme? He intentado sacar las llaves sobrantes del llavero, pero no he sido capaz. No puedo. La anilla que las une está oxidada. No hay manera de hacerla ceder. La situación empieza a ser angustiosa. Quisiera librarme de estas llaves, pero cada vez que lo intento, todo parece volverse en mi contra.

Paseando por la estación de trenes, me he encontrado de frente con una modesta consigna de equipajes situada en una esquina, medio olvidada, oscura, sucia y llena de pintadas. Sin pensármelo dos veces, de manera automática (¿siguiendo ordenes?), he sacado el llavero, he seleccionado (a tientas) una de las llaves y he abierto uno de los compartimentos. Ni siquiera me he fijado en el número. La cerradura se abre con total naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo, como si me estuviera esperando. Dentro del compartimento hay una serie de cosas: unos diamantes, dinero en efectivo de un país extranjero, tal vez chino, unos documentos escritos en francés y una bolsa de caramelos sin azúcar. Bastante asustado, he empujado los objetos hacia dentro (tenía miedo de que alguien los viera), he cerrado la puerta del compartimento y me he alejado, a paso ligero, de la consigna. “No mires atrás“, me he dicho a mí mismo. “No mires atrás. No mires a la consigna. Nada de eso es tuyo, no te pertenece. Alguien pretende jugar sucio contigo. Es una trampa, quieren jugártela… No caigas en la tentación. Sabemos lo bien que estarías con esos diamantes en el cuello, a todos nos gustan los collares y los brazaletes, a todos nos gusta vivir bien, pero no puedes hacerlo. Ninguna de esas alhajas, ninguno de esos papeles, ni ese dinero… Nada te pertenece. Sal de aquí. Sal de la estación.” Ahora que lo pienso, ¿qué coño hago en esta estación? No recuerdo haber venido a despedir a nadie. Yo no tengo amigos. No los necesito. Estoy muy bien como estoy. Por las noches veo la televisión hasta caer rendido. Puedo ver la tele ocho o nueve horas seguidas. Me siento bien así. No necesito nada más. Estoy tan orgulloso de mí mismo…

No hay tiempo que perder. Acudo a un cerrajero. De manera inexplicable, el cerrajero tiene cola. Nunca había visto a un cerrajero que estuviera tan solicitado. Por lo menos hay quince personas aquí dentro. Los contratiempos se acumulan. Cada vez que quiero hacer algo por librarme de las llaves que sobran, todo se tuerce. Las fuerzas de la naturaleza me castigan. Un hombre con barba, formando cola, me dice: “Idiota, ¡¿es que no te das cuenta?!“.

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