Si los mitos son trenes que coges prematuramente hacia un destino del que no se vuelve cuando eres demasiado joven para saber a dónde vas, yo empecé mi viaje el día que vi a Burt Lancaster saliendo de una piscina.
En realidad, esa no era la primera vez que vi a Burt Lancaster. La primera vez fue en Trapecio, un pastoso melodrama circense donde Lancaster es un trapecista cojo y encabronado que compite con un niñato (Tony Curtis) por la gloria del susodicho trapecio y los favores de una mujerzuela (Gina Lollobrigida) en un trasfondo de leones y enanos. La película era ya cortocircuito desde la premisa: Tony Curtis no podría competir con Burt Lancaster ni aunque cogiera una sífilis, se cayera en un pozo negro y le atropellara un tranvía en un plano secuencia. Y yo lo habría olvidado, como olvidé selectivamente otras cosas que hizo cuando era muy joven y necesitaba el dinero, si no fuera por un programa que emitían los domingos llamado Cineclub. Esos domingos a las siete de la tarde, mi generación aprendió todo lo que hace falta saber en la vida. Allí fue donde yo vi Los juicios de Nuremberg, El gatopardo y El nadador.
Como dije antes de manera atolondrada, Burt Lancaster saliendo de una piscina es un dolor que no se quita nunca. Ante la evidencia enmudecedora de su torso leonado, de músculos que se ejecutan con naturalidad olímpica, predispuestos por igual al amor o a la masacre, se olvida uno de Cheever, del fracaso de la burguesía, de los peligros del cloro residual. O, si tiene uno la edad que tenía yo entonces, de la tabla del ocho, el pretérito imperfecto y Los Grandes Rasgos de la Geografía Peninsular y Elementos Geográfico-geológicos que la Constituyen. El efecto fue tan notable que mi padre me mandó a la cama sin saber por qué, y yo me fui sin protestar sin saber tampoco, con un nudo en la garganta del tamaño de una albóndiga. Por el camino, probé la ardiente novedad de arrastrar mis nudillos por el gotelé de espinas que había en el pasillo que conducía a mi habitación y chupé techo hasta la mañana. Burt Lancaster tenía 54 años, mi padre 34 y yo, 10.
Tengas la edad que tengas, hay que estar ciego para no ver que Burt Lancaster es un ser excepcional, pero estas cosas se reconocen mejor en la infancia. Con un instinto que se diluye con la madurez se reconoce al aristócrata, no de la vida sino de lo atómico, criaturas que (como Faye Dunaway) te capturan por un instante y te devuelven cambiado al mundo de lo vulgar, donde todo parece seguir en su sitio menos tú. Contra ellos no hay nada que hacer; todo ángel es terrible. En Los juicios de Nuremberg, rodeado de lumbreras, viejuno y antihéroe, se le ve hasta cuando no sale: es más digno que Spencer Tracy, más complejo que Montgomery Clift, más atormentado que Judy Garland y más bello que Marlene Dietrich; un dios entre mortales, una pantera sentada entre las gallinas. En El gatopardo, la película es más suya que nunca cuando se enfrenta a una Cardinale caníbal, más Carmilla que Claudia, a punto de arder en su propio jugo. Se crece ante las béstias. Nadie se acuerda de Alain Delon.
Con él aprendí lo que significaba el mantra misterioso que repiten los chicos en los recreos, el de ser un hombre. Después de él, Marlon Brando me parecía una nena y Richard Burton y Robert Mitchum, viejos verdes y borrachos. Abandoné la niñez con el olor de su piel pegado a la mía, una mezcla de alpacas de paja húmeda, de cloro y coppertone (y un poco boñiga de elefante por culpa de lo circense) que me dejó insomne y sinestésica perdida para el resto de mi vida, entre otros trastornos que no son los que se imaginan. Comparados con él, todos los demás olían a rancio, a viejo, a sucio. En esos años determinantes en que todas las canciones hablan de ti, fue el talismán que supo librarme de todo mal, del bratpack, los jeviorros que cantaban baladones y ese crimen contra la humanidad llamado Dirty Dancing.
Hoy parece obligatorio decir que los hombres como aquel hombre son apóstoles del patriarcado, jinetes de la opresión sexual en sus monturas forradas de espinas, sus hombros de acero y sus cierra puertas y ventanas que ya me ocupo yo. Ya no saben que un hombre así sólo respeta a las mujeres que saben montar a caballo, usar un rifle, cazar con sus propias manos y cruzar el mundo en busca de algo que nadie ha visto, mujeres que no son pareja sino cómplices en la aventura, el único amor verdadero que sobrevive a la muerte de la fantasía erótica.
Ya no se distingue al hombre del delincuente de la ESO que va a clase con sus estrellas ninja hasta que le da a un bedel en el ojo y su padre lo manda a vender rodaballos al muelle. Ya no saben que una intrigante sin belleza, elegancia ni valor no es una mujer fatal sino una zorra cualquiera, aunque se vista de terciopelo negro, lea diarios de Anaïs Nin y se bañe en Poison. Estas cosas importantes de la vida que yo aprendí los domingos a las siete de la tarde ahora no se aprenden en ningún sitio, con tanta película imbécil llena de gente sin pies ni cabeza.
Hoy “ser un hombre” lleva siempre colgado un modificador y una revista asociada y una marca de aftershave. Hay que ser un hombre elegante, ser un hombre importante, ser un hombre atractivo, triunfador, espiritual, agresivo, moderno. Y por eso he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por versiones semidesnatadas de todo lo importante, incluyendo la mierda de película por la que muchos saben que en esta frase hay escondida una cita. He visto cómo convertían a Cary Grant en Hugh Grant, a Clint Eastwood en Harrison Ford y cómo olvidaban que Burt Lancaster hubiese existido, porque no hay hombre animal o cosa capaz de repetirlo en este milenio de pega donde el papel de machote se lo tienen que repartir Jason Statham, Michael Fassbender y Brad Pitt.
Que no estan mal pero no me jodan.
