Me comparte Laura la siguiente información útil: para que una persona se vea impelida a abandonar su hogar basta con sepultar el diente de un difunto en la pared del inmueble. Son maniobras femeninas, de brujas.
Con las mujeres, como dijo alguien antiguo, no hay término medio: o se las elige o se las conoce. La segunda opción nos irá descubriendo que hay mujeres que huelen a hierro, a fresadora o a deporte. Otras olerán a milli vanilli pero sólo el primer día, luego se destapará el fraude. Pero siendo precisos sólo hay mujeres de dos tipos: de muslos pegados y de muslos que no. A estas últimas, arácnidas, Buñuel las detestaba o decía detestarlas, algo muy entendible que no hay por qué compartir; no hay que cerrarse puertas, se pueden entornar. Si atendemos matices, hay más, y de entre ellas destaca la mujer fea, que lo es más –mujer y bruja- cuando se conserva sexualizada y fértil, porque su acarrear la lascivia es componenda para incrementar la amenaza. Estas son peligrosísimas y suelen tener buenas tetas. Desconozco la hipotética correspondencia entre los pezones maternos, de los que lactamos, y los que preferimos de adultos para el juego. Las mujeres que tenga un hombre, eso sí, las que vaya teniendo, serán beneficio para los hombres que las tendrán después, porque los hombres somos todos el mismo, en relevo. Un hombre único que, entretanto las mujeres se retocaban el maquillaje (algunas de más o sin tino, denunciando así su descontento y despertando nuestra misericordia, incluso perfilándose los labios, cosa que alguien debería hacerles entender que no se debe hacer nunca), entretanto, digo, el hombre ha ido restañando su gestualidad y ha pasado de manejar camiones de seis ejes a gestionar un iPhone con los deditos lagartijados y el corazón reumático. No sé yo qué decirte.
En días alegres, estos hombres podríamos hacer acopio de la energía suficiente para besar a mujeres que no nos importan, amaneciendo, en la sala de espera, junto a una presa de contención o ante un consomé. Mujeres insignificantes. Podríamos hacerlo aunque no llevase a nada. Eso en días alegres, en días corrientes sería mucho pedir. Quizás podríamos tener sexo utilitario y urgente con ellas un miércoles a mediodía, pero nunca besarlas de tal manera. Besar a varias mujeres insignificantes por saber que no se está besando a la capital, que es venenosa, es la idea que estoy manejando en estas líneas. En esas ocasiones corrientes, el tacto, aunque desmemoriado y un tanto incapaz, muy rústico para los que primamos la vista, es un sentido goloso como el que más, ansioso por registrar información, por ir tanteando. Es por eso que se le dan manualidades, al tacto, para tenerlo entretenido. Les tocamos las tetas como si amasáramos miedo. Porque hace mucho que vivimos con el ojo, el oído y el paladar colonizados, pero el tacto es virginal siempre, perseverante en su inocencia, desatendido y resistente a ofertas aterciopeladas. Parecería que el tacto nunca va a perder vigencia ni honestidad.
Al hilo, pienso en esas personas que no sienten las yemas al dibujar, que utilizan las manos como herramienta prensil, los dedos como un correaje, que toman mal los lápices y las cucharas. Derivo en oficios diversos, en relación con las manos y su desgaste. Evoco un cierto olor a conglomerado recién aserrado, a moqueta barata, a colas industriales y puede que a resmas de papel, aromas que a su vez me traen al tabique nasal otros tiempos y proyectos en ciernes y todo el entusiasmo de algunos momentos pasados, el entusiasmo de la confección. Hay una calle aquí encima que a según qué horas tempranas, en días de invierno que todavía no han sido respirados, huele siempre así, a carpintería, aunque no acierto a saber de cuál de sus locales emana el asunto.
Camino olfateando las aceras, buscando el camino a casa, extraviado como los perros aquellos de la lluvia, y una vez aquí escribo cuatro bobadas invocando lo que más echo en falta de la escritura, lo amanuense, que aunque sea otra cosa, por etimología algo tendrá que ver con las manos.
Es primero de enero de 2012 y escribo… pues de lo que escribo. ¿De qué iba a escribir? Escribo llevado por las palabritas para que se me emancipe el pensamiento, a día uno del año. Porque las palabras están todas dentro, incluso las que no conocemos y alguna que otra de regalía, novísima, por inventar, que habremos de llevar al futuro en un paño. El hombre del iPhone escribe guiado por las ideas y deriva en actualidad política, en estructuras, en cuestiones que le vienen dadas. ¡Quiere cambiar el mundo, ese cabrón, quiere hacerlo en su beneficio! Cuidado con el escritor que lengüetea la patilla de las gafas como un dilema, no fiarse, está templando su tiranía. Someter las palabras a ideas imperiales es trabajo de periodistas y de mercaderes, de hombres que quieren gobernar sobre otros hombres cuando lo importante es ir a la raíz. La validez está en el cultivo. En las mujeres. Sean mujeres con tetas como carambas o mujeres de seno ausente (hay algo de milagroso ahí, la mujer sin pecho es una sublimación), o medianas y poco destacables pero constituidas en armonía. Mujeres tan despojadas de complejos en cada seña, tan cómodas en sí mismas que todo en ellas emanará naturalidad y equilibrio; por extensión clase, gusto y sentido, como si las cosas fueran sencillas. De haber nacido en el XIX, esas mujeres tan bellas no habrían tenido reparos en dar largos paseos a caballo (desoyendo recomendaciones del hombre del iPhone, que advierte que tal actividad podría ser inconveniente para una joven) porque todas ellas son himen, no van a perder nada. Cabalgad sin miedo, muchachas.
Uno de enero y contando. Conozco regiones de mi vida más libres, pero están todas atrás, contra dirección, donde las conversaciones eran privadas. Hoy descarto las ideas y me entrego a la tensión de las palabras para que me guíen y me musculen el año, palpo las letras a tientas escribiendo a uno de enero, día impreciso por definición, domingo oceánico, con la picha por alcalde pese a las brujas. O precisamente.
