Y me veo con unos amigos de infancia, unos de nombre extranjero, y tomamos unas cañas y hablo poco porque prefiero escucharles, más centrado en la experiencia del reencuentro y en el desarrollo de la situación que en la anécdota, qué asco de tío. Me veo haciéndonos pajas en comandita, concursos de pajas, cada uno la suya, o echando aspirinas en las cocacolas de las chicas y de pronto han pasado más de veinte años sin saber los unos de los otros. Hoy esos amigos hablan mucho de dinero. Todo desemboca en el dinero y parece que les fuera muy difícil entregarse a cualquier asunto sin aplicación práctica. Invierten en bolsa, cosas así. Les preocupa el porvenir y es por ello que son ambiciosos. Son buenos, joder, Pete, Jupe y Bob, pero toda comunicación viene condicionada por una noción monetaria. Se habla de un artista y se acaba por valorar su reconocimiento económico. Arruinado cualquier paladar se acude a la tasación, al caballo grande. Mencionan a un cocinero al que le van muy bien las cosas y yo refiero a otro el definitivo que trabaja la digestión, uno que localiza su triunfo culinario en prever la consistencia, el tono, dimensión, economía, síntesis y triunfo de la pieza. Trabaja en esa dirección, el tío. Parece cocinar pero está moldeando dentro de ti una mierda, les comento. Y antes de sentarte a su mesa tienes que meterte una pastilla potabilizadora por el culo. ¡Eso sí es un visionario!
Son también siervos del tiempo, estos amigos, pero no como todos lo somos, lo son de un tiempo de bolsillo que ocupan en extrañas burocracias para eludir momentos saturninos. Muestran una obsesión por “lo nuevo”, por lo intocado. No se detienen en que son las propiedades lo que se apropia de uno y lo acusan muy claramente cuando hablan de viviendas. Uno de ellos es agente financiero o algo similar, aunque no sé precisarlo porque en mi breve entendimiento sólo alcanzo a comprender los oficios; el mercadeo me queda más lejos. ¿Quién inventó las alfombras voladoras, cómo se da con una metonimia tan afortunada?, les pregunto en un momento dado. ¿Qué hay de lo fractal en la naturaleza, qué pasa con esas formas que se repiten, ¡qué me decís de un ombligo en una naranja, hostia!? Pero me están salvando de la vida, siento todo ese afecto, me cuentan lo del aire acondicionado, la instalación, el apartamento de la playa, las obras en casa y todo el fregao, con los críos y la puta madre. Y la conversación se teje y se desteje, y al tiempo que reconquisto un cariño remoto pero verdadero se me ocurre quemar billetes pero no tengo, sin ánimo de ofenderles pero sí de una manera inoportuna, quemar billetes o, mejor, matar una golondrina a pedradas, a sabiendas de que no es comestible o de que eso nos habían dicho siempre. Pero en ese preciso instante cruza ante mis ojos el alcalde de la ciudad, que es un puerco de lo que no hay, y acudo a su encuentro. ¡Alcalde! ¡Alcalde súbito! Escuche, le tengo localizado el trauma, puede utilizarlo en su campaña, maldito hijo de mil leches; atienda: los libros de Alfred Hithchock y los Tres Investigadores los escribía en realidad un filipino, Robert Arthur, Jr., que fue muerto e incinerado en 1969. Su esposa hizo trasladar sus restos a Nuevo México pero el encargado se deshizo de ellos cerca del puerto de Barcelona, casi llegando, los lanzó desde uno de aquellos buques mercantes. Y esa es la eslora de nuestro trauma, alcalde, me cago en la mar, ahí espolvorearon nuestra infancia, ahí es donde se localiza hoy mi centro dramático nacional, y es desde entonces que le guardo ausencia a mi niñez.
