El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Unión bolsera

Imaginaos que esta tiza es un diente— 21-10-2010

En mi deseo de tratar temas de interés general para la humanidad ibérica, hoy he venido aquí a hablar de bolsas. Los melancólicos ya se habrán dado cuenta de que, en los tiempos que corren, el característico ¿quiere una bolsita? pronunciado hasta hace bien poco por la mayoría de los tenderos empieza a tambalearse. Las bolsitas de plástico ahora cuestan dinero: irrisorias sumas, sí, pero dinero al fin y al cabo. Y ya que estamos repasando brevemente la historia del uso de las bolsas de plástico, no podemos dejar de señalar el doloroso descubrimiento de la afición infantil consistente en cubrirse la cabeza con ellas hasta ahogarse: del combate contra esa afición proceden los tres agujeritos de serie que les hacen a dichas bolsas al fondo y que las inhabilitan para ser depositarias de basura tradicional no reciclista (mondas de patata, restos de la salsa del pollo, dos envases de yogur sabor macedonia, una lata de atún al natural con algo de caldillo…).

Hasta aquí el estado de la cuestión en lo que respecta a la bolsa de plástico, a la que le han surgido dos rivales que ustedes, a nada que sean mínimamente observadores, habrán visto en sus paseos flaneadores por las calles de cualquier ciudad. Me refiero a la bolsa plegable fabricada con forro de abrigo (estampada o de colores vivos en muchas ocasiones) y a la bolsa de tela beige de asas largas. Por supuesto que hay otras: la que regalan Marie Claire y Telva en verano al comprar el número de julio-agosto, sin ir más lejos, pero sería objeto de una larga disertación centrar mi atención también en ellas, por eso me dedicaré sólo a mi favorita: la bolsa de tela beige de asas largas. Estamos de acuerdo en que se trata un ítem generado en el mundo angloparlante, ¿verdad que sí? La mayoría de ellas llevan impreso el logo de una tienda, de una institución o de un evento. Ir por la calle con una de estas bolsas implica pertenecer a una comunidad, a un colectivo distinguible. Nada impide, me dirán algunos, hacer uso público de una bolsa beige de asas largas sin estar vinculado con la entidad de la que procede, ya sea una librería, una tienda gourmet de quesos o el IV maratón municipal de una ciudad de provincia. Nada lo impide, es cierto, pero al igual que no se lleva por descuido una kipá o un pañuelo islámico sobre la cabeza, no se deberían utilizar estas bolsas sin tener plena consciencia de lo que significan. En el mejor de los mundos, nuestro pollero o casquero habitual (ay, pero si ustedes son jóvenes y ya no comen sesos ni criadillas) mandaría imprimir unas cuantas con el nombre de su establecimiento y, en lo posible, con el dibujo de las mercancías que vende. Yo, al menos, la pasearía orgullosa, al igual que pasean la de la frutería Lupita aquellos turistas que se dan una vuelta rápida por un mercado mexicano sin adquirir nada salvo esa bolsa, obviamente a precio de oro potosino.

Pero esas populares bolsas mexicanas son otro cantar: de plástico rígido, coloristas, duraderas… como dije, no puedo ocuparme de toda la población bolsera en este espacio así es que termino aquí con una sencilla petición: háganse con una bolsa de tela beige que les defina y llévenla ufanos por la calle, ahora que la bolsa de plástico fino está de capa caída. Aunque, bien pensado, nadie dijo que tuviesen ganas de mostrar públicamente lo que les define. Dejemos entonces esta afición para usuarios acérrimos de Facebook y lleven ustedes la bolsa que les dé la gana, hala.

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