No te parece válida tu boda si no escuchas el clic, el leve clic del séptimo sacramento que te habilita como mujer casada, y entre las dos opciones —leer los labios del sacerdote mudo o sintonizar de manera precisa los fonemas nupciales— eliges la segunda, si bien el matrimonio sería también válido sin tu aparato auditivo externo, de un color que imita el de la carne para así camuflar su condición de prótesis, y lo es igualmente con el par de finos discos de plástico flexibles que lleva tu aún-no-esposo pegados a las córneas.
Aunque la esteticista te avise — warning — de un arrepentimiento futuro y permanente, tú desoyes, no por falta de audífono, su voz carente de poder episcopal que te anima a abandonar la idea del moño y haces caso omiso a su insistencia en el Qué lástima de fotos, el día de tu boda y con el sonotone. Te niegas en rotundo a la cascada de rizos lateral que, ¿ves?, te cubre por completo la oreja izquierda y disimula más que el pelo recogido. Que no, tú llevarás tu moño y tu aparato, no te quieres perder la esencia marital contenida en las pausas entre el “yo” y el “os declaro”, ni la de los dos términos que van a definir vuestro estado civil: marido y mujer. Mujer ya venías siendo, pero la polisemia popular abre significados a palabras manidas, y pronto vas a ser acústicamente consciente de ello, piensas, porque has cambiado las pilas del aparato hoy mismo — viva la novia con sus pilas recién estrenadas, viva —. Pero, has de saberlo, al final tu batalla va a resultar en vano porque la física, ajena a rituales, está ahí, y a la voz sin autoridad de la profesional de la belleza se une la de Larsen, el físico danés Søren Absalon Larsen, y su efecto de realimentación acústica. Debido a él tu aparato no sólo va a amplificar el retumbar católico de mármoles y rezos: también va a generar un molesto pitido que, no nos engañemos, sepultará la frase nupcial por excelencia. Y es igual de legítima la frase. Con o sin el zumbido, es igual de legítima.
