(Los recuerdos están para ayudarnos a convertirnos en adultos, no para funcionar como vertedero de traumas infantiles. Este grimorio memorión no rebosa nostalgia, sino sed de conocimiento. ¿Qué hay ahí atrás y por qué está, definitivamente, ahí atrás?)
Los Goblins del Laberinto – Brian Froud y Terry Jones.
Plaza Joven – 1986.
Gracias al libro Los Goblins del Laberinto tuve mi segundo contacto con la no muy profusa pero sí muy intrigante mitología de Dentro del Laberinto (porque si algo se le puede achacar a la película es que para ser un laberinto aparentemente tan loco, Sarah se lo cruza con cierta despreocupación, aunque hasta para eso hay justificaciones, desde la raíz carrollniana de sus aventuras a la naturaleza del Laberinto como una proyección empírica de los testículos del Rey Goblin). Un libro que ahora vemos como un producto lógico y natural, pero que a mediados de los ochenta suponía un sugerente almacen impreso de disgresiones sobre la trama principal de la película.
No recuerdo en qué momento comencé a ver la cultura pop como un todo multitentacular, repleto de vasos comunicantes y en permanente cambio pese a los esfuerzos de la industria del ocio y pese, incluso, a los propios autores. Hay quien fija este inicio en su Grimorio de Memorias particular durante la masificación de la primera Internet y la popularización de los sistemas de intercambios de archivos. Cierto es que en mis primeras semanas con el llorado Audiogalaxy me bajé con una urgencia digna de mejor causa multitud de versiones, remezclas, mixtificaciones, variantes y perversiones de mis canciones favoritas, y si bien ya no me acuerdo de ninguna (ni de lo que me bajé ni de cuales eran mis favoritas entonces), tuvo que haber algún momento anterior en el que mi concepto de la cultura pop pasara de ser un pétreo bloque de productos invariables a una masa gelatinosa con propiedades conductoras.
Recuerdo, por eso, como particularmente revelador, un libro que posiblemente han leido todos y cada uno de ustedes, y si no, podrían optar por hacerlo ahora: Los mitos de Cthulhu, la esencial recopilación de textos lovecraftnianos que, digerida y re-explicada por Rafael Llopis para Alianza Editorial, planteaba una obra global a través de textos independientes entre sí. Posiblemente ahí, antes de terminar EGB (para los nuevos, antes de cumplir 14 años) y en una epoca de franca obsesión por cualquier producto que tuviera un componente macabro, me las vi con varios autores en pos de la consecución de una meta conjunta a pesar de las arritmias. A veces de forma consensuada, a veces de forma espontánea, un monstruo de características ignominiosas se perfilaba porque a creadores de distintas épocas se les había puesto en los huevos que la cultura sería lo que a ellos les diera la gana o no sería nada en absoluto.
Aún no me he vuelto tan loco como para comparar la chiflada mitología lovecraftniana con las endebles muestras de protomerchandising que generó Dentro del Laberinto, pero de algún modo algo hizo clic en mi cabeza con este libro. Se trata de un aparatoso volumen escrito por Terry Jones, ex-Monty Python guionista de la película, e ilustrado por Brian Froud, que por aquel entonces a-rra-sa-ba en las Primeras Comuniones con su libro de fantasía proto-gótica Hadas, una guía de campo de pitufas con tules que las niñas usaban para copiar dibujicos y los niños para recrearse en las contadas ilustraciones de monstruos devoradores de ninfas. Los Goblins del Laberinto, aparte de algunas ilustraciones a doble página de Jareth, Toby, Sarah, Hoggle y otros personajes de la película, describía con un humor extremadamente pythoniano los dimes y diretes de la zoología laberíntica. El pasado ancestral de sus regentes, las innumerables variantes de costra goblínica, las costumbres y vicios de sus habitantes. Teniendo en cuenta que en la película no pasan de ser unas encantadoras marionetas gruñonas, el libro ampliaba el alcance de ésta de manera deliciosa.
El libro, además, tenía un breve prólogo sobre cuya veracidad, (bendita inocencia) dudé un tiempo, y que hablaba de cómo Froud y Jones no eran más que transcriptores de unos viejos bocetos y anotaciones encontrados en una anfora. Aquel juego metanarrativo me jodió el cerebro: por Dios bendito, si se nota que son marionetas, cómo… por algún motivo, el trazo parido en acuarela de Froud, acompañado de bocetos a lápiz y rotulador, me parecía más realista que los muñecos de la película, y de algún modo, sin ser capaz de racionalizarlo, pensé que algo de verídico tenía que haber en toda aquella glosa de los Goblins y sus costumbres. Para qué, si no, tomarse tantas molestias.
Ojo cuidao, que ahí estaba la clave. No entendía por qué alguien se iba a tomar las molestias de andar dándole vueltas a ampliar una obra de ficción. Por tanto, tenía que ser verdad.
Por suerte, en algún momento maduré. Y así, ese utilitarista pensamiento de adulto desapareció de mi mente de niño.
