(Los recuerdos están para ayudarnos a convertirnos en adultos, no para funcionar como vertedero de traumas infantiles. Este grimorio memorión no rebosa nostalgia, sino sed de conocimiento. ¿Qué hay ahí atrás y por qué está, definitivamente, ahí atrás?)
Dentro del laberinto – Banda sonora – 1986
Nunca he sido especialmente aficionado a las bandas sonoras, del mismo modo que no lo he sido a la música instrumental más allá de fanatismos puntuales. Sin embargo, sí tengo bien presente que cuando el vídeo doméstico fue un lujo que no estaba a mi alcance, las bandas sonoras funcionaban como memorión de las secuencias más destacadas de las películas. En los ochenta, los niños teníamos más o menos claro que las películas no eran proyecciones aisladas que convenía retener en la memoria el tiempo mayor posible, porque muy posiblemente no se iban a repetir: sabíamos que el cine que emitían en televisión y que se veía en los primeros videoclubs era cine ya estrenado, eran segundas o terceras o cuartas vueltas. Pero también teníamos claro que podían pasar años antes de que tuviéramos ocasión de volver a ver una película que nos había gustado.
El merchandising era una forma de retener en la memoria las secuencias que más nos gustaban de las películas. Yo descubrí, gracias a la banda sonora de Mazinger Z (la primera cinta de casete que tuve) que las bandas sonoras disparaban una curiosa matización y perversión de la memoria: redibujaban secuencias y diálogos, remarcando detalles que habríamos olvidado si no hubiera sido por el acompañamiento musical, pero por otra parte, reformulaban otros tantos tramos audiovisuales, mitificando, descontextualizando, remezclando o directamente reinventando películas y series de televisión que, cuando volviéramos a encontrarnos con ellas, nos resultarían extrañamente ajenas y familiares a un tiempo.
Dentro del laberinto, producción de 1986 dirigida por Jim Henson y protagonizada por Jennifer Connelly y David Bowie, fue mi película favorita hasta que descubrí el cine de género y me zambullí a fondo en sus recovecos. Pero tardé muchos años, a pesar de mi devoción por ella, en reencontrármela. Suplí la ausencia con dos ítems, y uno de ellos era la banda sonora.
Este no es lugar para analizar Dentro del laberinto, pero quedémonos con el detalle de su estrepitoso fracaso en taquilla, propiciado muy posiblemente por el tono oscuro y el entrelineado amargo de su guión. Obviamente, cuando fui a verla al cine sólo percibí una descarga de amables monstruos post-Tolkien y dialéctica de teleñeco, más una estructura episódica dividida en niveles que me gustaba entonces y me gusta ahora, y una ambientación de fantasía heroica paniaguada que ni me gustaba entonces ni me gusta ahora. Algo me resultaba extraño en la descripción de los personajes, pero se me reveló sólo gracias a la banda sonora.
Las bandas sonoras suponían por aquel entonces, decía, un replay de la memoria que por circunstancias lógicas iba volviendo a moldear el objeto recordado. La banda sonora de Dentro del laberinto es una mezcla de temas originales de Bowie y música incidental de Trevor Jones. Lo que consiguió el álbum fue que recordara como especialmente importantes secuencias que en la película no eran más que interludios musicales de exhibicionismo marionetista, como sucede en el inquietante y algo fallido impasse de las pelusas que practican la automutilación.
Pero la banda sonora me comunicó un mensaje mucho más certero y singular, y ahí no sé si la culpa la tiene la Internacional Emocional de David Bowie o algún sexto sentido mío que no ha vuelto a aflorar (y que, en cualquier caso, parece que ha contribuido a taponar los otros cinco). De algún modo, la segunda mitad del disco, en la que se suceden las baladas y los desvaríos amorosos de los dos personajes principales, me resultaba con diez, doce, quince años, sumamente extraña y turbadora. Me hablaba en idioma de adulto de cosas que no podía comprender, pero que igualmente me presionaban el bajo vientre y entristecían mi ánimo. Aquellas breves baladas, tristes y lentas, supongo que sumadas a la voz quejica de Bowie y esos arreglos melancólicos de los ochenta, de cuerdas destempladas y teclados ululantes, me desgranaron el auténtico drama de la película. Mucho antes de estar capacitado para entenderlo.
Dentro del laberinto, esencialmente, trata de un hombre que hace todos los esfuerzos posibles por encandilar a una joven mucho más inmadura e impulsiva que él. Simbólicamente (o no), la separa de su familia, detiene e invierte el transcurrir natural del tiempo y le obliga a recorrer una obra mayúscula: un descomunal laberinto que, como desvela graciosamente la película, no es más que una construcción mental del Rey Goblin. Puesto por escrito, ahora que lo leo, es todo aún menos metafórico de lo que recordaba. Y ella, soberbia y guapísima, le dice que le deje en paz y que no tiene ningún poder sobre su persona. Aun con todo lo emotivo y jodido que me parece este simbolismo del Todo Vital, está claro que con diez años no podía ni empezar a tantear sus rugosidades. La banda sonora de la película, que habla de todo ello bien clarito en canciones como As the World Falls Down o Within You, me lo descodificó a través de melodías y estribillos que yo no podía comprender, pero que de algún modo entendí. Entendí un contemplar en el futuro a múltiples jareths y sarahs a mi alrededor, bailando fallidas danzas de apareamiento, e incluso me intuí ocupando yo mismo, en alguna ocasión que otra, alguno de los dos roles. Como para que no me diera la bajona…
Las bandas sonoras nunca me han apasionado, decía. Pero conozco a unos cuantos fanáticos del género. Todos ellos coinciden en la supuesta magia evocadora de los compases de sus mejores obras. Aun con mi cinismo habitual, no tengo más remedio que coincidir en este caso: nunca ha sido comunicada con tanta transparencia intergeneracional la pochez de un hombre agotado por los caprichos de una relación laberíntica.
