(Los recuerdos están para ayudarnos a convertirnos en adultos, no funcionar como vertedero de traumas infantiles. Este grimorio memorión no rebosa nostalgia, sino sed de conocimiento. ¿Qué hay ahí atrás y por qué está, definitivamente, ahí atrás?)
MAD
N. 273 – EC Comics – 1987
Decía en la anterior entrega de Grimorio de Memorias que usé el primer número de MAD que tuve en las manos para descifrar lo que no entendía del juego de mesa con el que me topé unas navidades de mi preadolescencia. El juego estaba decorado con una sucesión de viñetas sin ton ni son, que pertenecían a historias, parodias y cuchufletas que habían quedado huérfanas, y de algún modo, ese logo que me obsesionaba entonces y me ha seguido obsesionando al cabo de los años, esa eme, esa a y esa d unidas por los extremos inferiores de las capitales y con extrañas terminaciones floriturescas, ese logo presidiendo la revista quizás podría tener la explicación para aquel enigmático tablero, aparentemente autoconclusivo, aquel enigma dividido en múltiples casillas numeradas.
La portada del número 273 de MAD, donde se puede ver a un Pee Wee Herman pasmado ante el bobo gesto de Alfred E. Neuman debería haberme alertado: aquello no solo no iba a darme la respuesta a nada, sino que iba a desatar una buena cantidad de cuestiones adicionales. Y así fue. Ejemplos sólo en la superficie: ¿qué caricaturizaba una pequeña historia de dos páginas titulada The Andy Grinning Show?; ¿a qué hacía referencia una larga historia de sacerdotes negros titulada Amends?; ¿quiénes eran todo esos supuestos famosos (John Madden, David Letterman, Joan Collins, Joan Rivers, Weird Al Yancovic, y les recuerdo que hablamos de 1987, conmigo aún usando pantalones cortos) que acompañaban a George Lucas en una historia titulada Celebrities in Space?… Pero a un nivel mucho más visceral, ahondando en lo que entonces era mi concepto de lo que se suponía que debía ser un tebeo, MAD hizo que me preguntara si todos esos anuncios que parecían reales lo eran de verdad; por qué todos los dibujos eran detallados y feístas, grotescos y puntillosos; cómo a nadie se le había ocurrido antes aprovechar los márgenes de una página para dibujar pequeños chistes; de qué mente privilegiada había salido el demencial concepto de la contraportada que se pliega revelando un chiste nuevo; y, sobre todo… ¿quién era el chiflado que había dibujado tres páginas llenas de chistes sobre depósitos de cadáveres y forenses tituladas Don Martin Visits the Morgue? Mi extremadamente rudimentario nivel de inglés, idioma que aprendía en horas extraescolares dos veces por semana, era una barrera más, el punto suspensivo definitorio para las decenas de interrogantes que desató aquel tebeo durante meses.
Tenía ante mí una publicación que no era un tebeo cualquiera, desde luego distante a los tebeos de Bruguera que estaba empezando a dejar atrás, pero también lejano a los primeros superhéroes que por aquel entonces comenzaba a consumir. Se ha hablado mucho de cómo MAD se distanció del resto de los cómics de su época (empezando por la ausencia de sello de la Comics Code) por su condición de híbrido, y la prueba, de hecho, es que siempre se la ha conocido como MAD Magazine. Yo esto lo supe mucho más tarde, pero lo descubrí en aquel momento, gracias a la pulpa basta y desafiante de sus páginas y a su desconcertante combinatoria de historieta y texto paródico.
Paradójicamente, fue el referente que mejor conocía (el único, casi) el que me dio las primeras claves para interpretar MAD y, de paso y como dije la semana pasada sin exagerar un ápice, buena parte de la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX. Ese referente era Cocodrilo Dundee, aquella película de Paul Hogan como buen salvaje en la ciudad de Nueva York, y que en las páginas de MAD aparecía transformado por Mort Drucker y Dick Debartolo en Crock O’Dull Dummee. Se trataba de una película que conocía bien porque la había visto un par de veces, entre pases en la ciudad y reestrenos veraniegos. Me enfrenté a la parodia algo desconcertado, desconcierto que no podía racionalizar entonces, pero que ahora entiendo perfectamente: ¿cómo parodias una comedia?
Por aquel entonces, yo estaba habituado a los mecanismos de las parodias, sabía perfectamente cómo funcionaban. Recordemos que la revista Mortadelo, en sus míticos especiales, ponía en solfa los éxitos cinematográficos de la época, el propio Mortadelo y su compadre Anacleto eran parodias del cine de agentes secretos, y en la tele yo había desarrollado una devoción insana por el Superagente 86. Ese mismo año, mi vida cambiaría, y por ello habrá que dedicarle un futuro grimorio, con Spaceballs. Pero todo eran chanzas a costa de referentes serios. ¿Cómo te ríes de algo concebido para hacer reir?
La respuesta de MAD era sencilla y revolucionaria. No te ríes de los personajes (que ya están planteados en tono bufo): te ríes de la película. La parodia de Cocodrilo Dundee que propone MAD se burla de las dotes interpretativas de Paul Hogan, de los tópicos de comedieta romántica de la película, de la exótica ambientación australiana, de la heroina-intrépida-pero-que-aún-así-necesita-ser-salvada… Es decir, de los tabúes que Cocodrilo Dundee, a pesar de ser una película, no se había atrevido a romper. MAD iba un paso más allá, y su objetivo no era el lenguaje, sino la propia industria del entretenimiento.
Decíamos en nuestra anterior entrega que mi reacción ante el juego de mesa de MAD fue similar a la de Robert Crumb cuando descubrió los primeros números de la revista en su adolescencia: pensar “Ah, pero entonces… ¡esto puede hacerse!”. Mi reacción ante ese número 273 de MAD, mi primer MAD, fue algo más compleja: cuando di por terminada la lectura tras varias semanas de uso intensivo del diccionario Collins, murmuré “Pero entonces… ¿por qué no está haciendo esto todo el mundo?”.
Aún sigo barruntando una posible respuesta.
