El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Eme A De (1)

Grimorio de memorias— 23-09-2010

(Los recuerdos están para ayudarnos a convertirnos en adultos, no para funcionar como vertedero de traumas infantiles. Este grimorio memorión no rebosa nostalgia, sino sed de conocimiento. ¿Qué hay ahí atrás y por qué está, definitivamente, ahí atrás?)

MAD – El juego de mesa

Soy incapaz de discernir qué me atrajo del primer número que me compré de la revista MAD. Estuvo reposando, el año 1987, en la vitrina de las publicaciones de importación del kiosco de El Corte Inglés de Murcia durante varias semanas, donde intenté descifrar su significado en sucesivas visitas al centro comercial: un Pee-Wee Herman pasmado porque un espejo le devolvía la imagen de Alfred E. Neuman, el niño idiota, mascota de MAD.

En realidad, conocía MAD por el mismo referente que toda mi generación: un juego de mesa que bajo el entonces muy atractivo eslogan “El que pierde… ¡gana!“ planteaba una simplificadísima parodia del Monopoly, que en realidad escondía un sencillo juego de la oca salteado con intercambio de dinero falso y ocasionales pruebas físicas de ridícula ejecución. Sin saber que para entonces la revista ya llevaba décadas convertida en un mito gracias a la revolución humorística que supusieron sus primeros números (y sin los cuales cosas como el cómic underground o el punk, sencillamente no habrían sido posibles), recibí el juego unas navidades, atraído por la sencilla subversión que bramaba el propio eslogan desde la caja. Otra cosa me llamó poderosamente la atención: lejos de la épica para todos los públicos coreografiada con aerógrafo que intentaba deslumbrar a los niños desde los frontales de las cajas de los juegos de aventuras (serpientes gigantes enfrentándose a barbados cornudos medievales, espías urbanitas sosteniendo revólveres de alta tecnología también altamente ridícula), la caja del juego de MAD mostraba un dibujo en el que un grupo de personas enloquecía alrededor de un impasible Alfred E. Neuman. El detallismo de ese dibujo de la caja, una mezcla de caricatura adulta de las que no solía ver en los mortadelos sino en las páginas de los periódicos, y locura en estado puro plasmada en unos gestos excesivos, grotescos, demenciales, me cautivaron.

Más adelante supe cómo se llamaba el autor de la ilustración de la caja: Jack Davis. Sigo pensando que es uno de los mejores dibujantes que ha dado el medio.

El juego, de una sencillez ciertamente estúpida, me dio para unas cuantas partidas, que ya era bastante. Había algo, sin embargo, inquietante en aquel producto. Todas las casillas, indicaran las instrucciones que indicaran, eran viñetas extraídas de las páginas de MAD. Dibujos de Jack Davis, Al Jaffee, Don Martin o Angelo Torres. Procedentes de parodias, chascarrillos e historietas. Ninguna de ellas, aisladas en cartuchos en los que se leían contundentes órdenes (Paga 100$, Gana 250$), tenía el menor sentido. Recuerdo leer el tablero como si fuera un periódico británico, intentando descifrar quiénes eran esos personajes aislados de cualquier acción, por qué estaban llorando, riendo o abofeteando a alguien. Seguía el curso numérico de la ruta de juego queriendo vislumbrar una historia que pusiera en común todas esas viñetas. Supongo que encontré la respuesta, meses más tarde, en la vitrina de las revistas de importación de El Corte Inglés, aunque fuera intuitivamente.

Dice Harvey Kurtzman, creador e ideólogo del primer MAD, que cree que el gran valor de la revista fue dejar claro que no hay nada sagrado, y sobre todo, que se puede uno reír de cualquier cosa. De cualquier cosa. Cuenta Robert Crumb que cuando siendo niño leyó un número de MAD, pensó “Ah, pero entonces… ¡esto puede hacerse!“. El juego de MAD, aún con las limitaciones propias de exploit de un éxito, que en el fondo es lo que es, dinamitó muchas vigas maestras en la estructura que yo había construído en mi cabeza para explicar la cultura que me rodeaba y contaminaba.

El juego de MAD incluye, entre toda la plétora habitual de billetes falsos, uno verde y borde con un valor de 1.329.063 dólares, y que sólo puede ganarse llamándose Alfred E. Neuman, lo que hace la victoria prácticamente imposible para su poseedor, ya que para empezar… el juego no tiene cambio suficiente para que quien lo tenga empiece a perderlo. Cuando lo vi por primera vez, me quedé petrificado, y adivinen lo que pensé.

Ah, pero entonces… ¡esto puede hacerse!“.

Comparte este artículo:


Más articulos de John Tones