Hoy: Ectoplasma, contamos contigo

Pasan por mi lado un par de féminas culonas en plena Operación Bikini, no sé para qué el sacrificio si yo no voy a dejar de mirar sus traseros. Lo que está claro es que no hay juego de miradas, que no es recíproco y que resulto invisible para ellas, entre otras razones porque nos cruzamos con un par de machos alfa que hasta a mí me aturden con sus nandrolonas. Van sudados y con una toalla al hombro, y diría que sus músculos, todos, se inflan y deslizan al paso de las dos hembras. Ellos no las miran, que conste, porque igual y hasta tienen ojos en los ligamentos, que esos sí que giran y mueven atentos al cruce y retaguardia. Al fondo, en blanco y negro y en procesión, avanzan hacia nosotros las Hijas de María del barrio de Sants. Todas de blanco impoluto y en silencio, lo hacen desde el pasado. 1902 para ser exacto.

Estoy en el Frontón Colón, en las Ramblas, santuario municipal del fítnes y, por su localización, crisol de razas hormonadas. Lo mejor de cada continente, en lo cachas, afinando el cuerpo con aparatos infernales. Como si David Cronenberg rodara un anuncio de Benetton para las Olimpiadas. O algo así. Al fondo y en loop desfilan fantasmales las vírgenes de la Parroquia de María de Sants tal y como las filmó el pionero cineasta Fructuós Gelabert en 1902. No son espectros ni espíritus en pena, ya me gustaría a mí, que entonces veríamos a los machotes temblar y echar a correr despavoridos, muy rápido, claro, abandonando a su suerte a esas muchachas a dieta que aspiran a pasear de sus brazos al sol del verano, una vez erradicada la celulitis. Yo, en cambio, me quedaría allí para entablar conversación con el Más Allá; y las aparecidas niñas de la procesión mariana me explicarían que ellas murieron con las carnes flácidas porque en Sants, en 1902, esto del deporte sólo lo practicaban petimetres de bigotillo curvo y bañador a rayas.

Todo esto, tan raro, pasa porque en el Frontón Colón hay estos días una exposición dedicada a la Compañía Fotográfica Napoleón, fundada en 1851. El lugar no es casual porque donde ahora hay un gimnasio que ha heredado el nombre de Frontón Colón, hace más de un siglo se levantó la primera sala de cine de la ciudad, el cinematógrafo Napoleón. Hasta los Lumière acudieron a su inauguración, en 1896. Así que es correcto celebrar ese camino que va del celuloide primigenio a la bebida isotónica porque representa muy bien la historia reciente de Barcelona. Ese Edificio, el Frontón Colón, lo encarna todo. Primero fue mansión familiar con caballeriza y luego sala de cine pionera, la primera elegante, una cosa burguesa, nada de barracas populares. Quizá por eso no duró mucho y se reconvirtió, sin los Napoleón por en medio, en un frontón de pelota vasca, paraíso de pelotaris y de apuestas, en su decadencia muy frecuentados por los trileros de las Ramblas, los de entonces, los de raza. Hoy los trileros vienen del Este y cuando no pueden amagar la pelotita se arremolinan diez metros más allá, en la puerta del Burger King. Ya no gritan “¡Agua!“ al paso de la pestañí; ahora exclaman “¡Koniec!“.

El edificio también lo presidió otro rótulo mítico, el Jazz Colón, que tuvo sus épocas. A finales de los 50, por ejemplo, se llenó de rock and roll. Dicen que fue la primera sala de la ciudad donde pudo escucharse esa música del demonio. La culpa fue de la Sexta Flota, de los marineros yanquis. Poca broma, que también llevaron soul en los 60. Luego el lugar fue tomado por la contracultura y finalmente la decadencia y el canalleo, que la zona daba para ello. Fíjense si daba para ello que en el portal de al lado podían verse, hasta hace cuatro días, los profundos agujeros que en la piedra dejaron las putas con su taconeo, durante décadas, veinticuatro horas al día. Taca-taca-tac. Niño vente para aquí que te hago cosa buena. Se ponían ahí, erosionando la entrada de la Pensión Lolita, un nombre que ya inducía al vicio y al pecado sin necesidad de haber leído a Nabokov. Doy fe de ello.

Todo esto lo sé y aquí lo escribo porque como esta columna va de Barcelona he ido reuniendo mucha bibliografía al respecto, y algo he de hacer con ella, que no está la cosa para tirar el dinero. En mi nebulosa, por acudir a lo personal, tengo el recuerdo de haber entrado al frontón de pequeño con mi abuelo, y años más tarde de joven, aún más nebuloso, emporrado y borracho, al Jazz Colón, del que salimos rápido porque sólo había maricones esperando al negro del pollón de la Sexta Flota, que no llegaba.

La dermoestética olímpica liquidó el asunto y mi siguiente visita al Frontón al Frontón Colón fue para ver la final de pelota vasca. Aún hoy no me explico cómo me contaminó ese fervor del 92, pero fue ver la flechita encendiendo el pebetero y ponerme a llorar y entre lagrimones marcar el número de las tele-entradas de La Caixa y comenzar a recolectar finales absurdas. Básquet femenino, béisbol, bridge, el teto. Una cosa muy loca, absurda y vergonzosa. Acabados los fastos, el Frontón Colón acogió una exposición dedicada a la obra fotográfica de Dennis Hopper. Barcelona no renunciaba aún a buscar su destino, pero al final optó por Woody Allen. Es lo que hay. Y el Frontón Colón encontró su acomodo como gimnasio multiculti de gestión municipal.

Enfilo la salida y sorteo a un grupo de alegres y esportivas muchachas que guardan cola para la sesión de aeróbic. Observo de reojo sus pantalones de chándal aguerridos, como una segunda piel que remarca sus cuartos traseros. Una vez en el exterior me percato que tras de mí, siguiéndome como pollitos, tengo tres ectoplasmas, tres borrosas y grises hijas de María de la procesión parroquial decimonónica. Me despiertan un cierto instinto paternal, como presupongo a Fructuós Gelabert, pero no soy hábil protegiéndolas. A la primera la arrolla una urbanita en bicing, me parece, porque reconozco que el escote de la encorvada ciclista me distrae unos instantes; a la segunda la pierdo de vista engullida por una horda de turistas recién vomitados de un crucero. La tercera se queda sola y desconcertada hasta que le cae encima un volador fosforescente lanzado por un paquistaní con silbato. El ectoplasma se disuelve mientras decido que hoy cenamos sushi. Take Away.

Sr. Ausente

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