Sábado bajo manta con peli de internet; esto lo hacemos todos. Todos. Ahora que nos han quitado la calle, que cuando hacemos cosas en las aceras nos vienen agentes para ver si tenemos permiso, ahora que la sorpresa urbana son quioscos a traición del Zara facción Home, ahora que nos han echado, digo, el espacio común está en sofás disgregados. Allí se regatea la tele por necesidad, porque los canales licenciados también controlan al máximo lo que aparece por pantalla. El ente público conserva las directrices del espacio público. En rarísimas ocasiones se cuela un elemento real, como el eurovisivo que se agarraba el paquete enfrentándose al público, esto pal que lo quiera, ustedes no me esperaban en esta dimensión y ya se asegurarán de que no vuelva. El irreality Gran Hermano abunda de participantes con pasado televisivo, de colaboradores de esquina, de azafatos, de ganchos oh que pena esa no era la respués siguiente llamá. Chavales normados que se ofrecen como normales. Sin la calle y sin la tele, el sofá delante de una peli descargada se ha postulado de forma automática como metadona del espacio público.
Mi pantalla escupía un falso documental sobre artistas urbanos, o un documental fiel de cómo la gente respondía a actos generados especialmente para la peli. Un poco como esos documentales de tiburones, que entran en pantalla después de que los cabreen con un pincho. Una reacción real a un hecho falseado. El mockumentary irónico no existe con los animales y sí con las personas, es una paradoja en la que prefiero no entrar, que les distraigo. La cinta que estaba viendo venía con el marchamo Banksy, una firma que hace que los modernos hagan oh-ah mientras, a la vez, les deja en evidencia. Sobre todo a los de aquí, porque entre los modernos viva-banksy-oh-ah de aquí, y mira que son unos cuantos, no ha aflorado el Equipo Crónica, que eran unos valencianos que hacían lo que Banksy pero antes y a mis ojos mejor y directamente en museos. Los oh-ah son incapaces de decir en voz alta que tenemos algo anterior, más cercano y más potente, tal vez porque decirlo es un sacrilegio. Menudo bucle, sugerir que lo moderno fuera tiene tiempo aquí. Esa cosa idiota de fijarse en las fechas, esa cerrazón de flequillo que impide entender que da igual que hayan pasado décadas. Mucho les pedimos, a los oh-ah.
La peli avanzaba con su Banksy y con su Fairey pre-Obama y con el bueno de Space Invader haciendo sus marcianitos, incordiando en el espacio público, con sus gamberradas que son arte que son gamberradas que son arte según dónde pares, con sus lemas incrustados entre vallas con candidatos y chicas guapas. Y entonces, giro. En medio del canto a la actividad ilícita, se saca de la manga un personaje falso que hace cosas en el mundo real: una exposición chusca, creada para la peli, que el exceso de promoción en las revistas de modernos convierte en el evento de la metrópoli. El pincho enfadatiburones aplicado a los oh-ah. Abundando en la alergia de doble rasero que les decía arriba, el orgasmo del cazatendencias se revelaba como un chiste.
La cinta termina echándose las manos a la cabeza del éxito trendy del artista falso sólo existente por la vía del reclamo, y después con esos títulos de crédito que amanecen viajando de abajo arriba, y entonces —¡chas!— la sorpresa: resulta que los subtítulos no terminan, sino que siguen. Con este mensaje: “Banksy y Fairey usan [al personaje de ficción] para, por contraste, parecer más legítimos. Pero son muy parecidos. Ningún luchador social sincero hace bandera de su identidad personal. Eso no es activismo sino publicidad. Que no te engañen“.
Y mientras lo veo, todo se hace espejo del vecino. Ese texto añadido, ese subtítulo a traición, es literalmente una pintada: una intervención en el espacio público de los sofás discontinuos. Una acción urbana en la nueva urbe. En la peli que trata sobre el poner tus cosas en el área común fuera de permiso, un tal Garrulover ponía su intervención, su texto pintado por el reproductor, fuera de permiso. Sólo faltaría un último giro en el que ese subtítulo fuera también falso, quiero decir, consentido. Que fuera una intervención con aspecto de rebelde pero autorizada, sobre una película con aspecto de rebelde, pero consentida, pero con raíces en lo rebelde, que lo rebelde siempre está, aunque a los amigos oh-ah les apasione acusar llamando vendido y mercenario e impuro. No me vais a quitar la rebeldía, amigos oh-ah. Sigue ahí, aunque penséis que si viene de aquí hay que fingir que no existió. La rebeldía sigue. Y me gusta pensar que está llegando a los sofás, reptando por los espacios cada vez más pequeños que aún no han sido normados. Agarrándose el paquete. Esto pal que lo quiera.
