El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Perdonen. Pellízquenme. Despiértenme. Pueden darme unas hostias si es preciso para que espabile. Verán, es que estoy como tonto. Creía que vivía en el siglo XXI, pero todo apunta a que no. No sé si es bueno o malo, si es un sueño o una pesadilla. De hecho, no sé si esto es el siglo XX, el XIX o una realidad paralela. Antes de cruzar la barrera del año 2.000, con o sin efecto (vaya tontería), algunos nos imaginábamos, en un futuro no muy lejano, viajando en naves espaciales. Pensábamos que los robots iban a mejorar nuestra existencia y la vida iba a ser como en Los Supersónicos, ¡incluso mejor! Pero no, oigan. Todo apunta a que no.

Esto no puede ser el siglo XXI. De entrada, todavía existe una cosa que se llama religión. Y otra que se llama censura. Me entero por las redes sociales, faltaría más, que han secuestrado una edición de la revista Retranca dedicada a la visita del Papa a Galicia. Se me ponen los pelos de punta. Suena a viejo. A rancio (y más después del circo que se montó con la tristemente famosa portada de El Jueves). No es del siglo XXI. Además, los ejemplares han sido bloqueados, por utilizar un eufemismo, por la propia imprenta. Me imagino a los jerifaltes de la misma, o a algún currante exaltado, señalando sus páginas, aún con olor a tinta fresca, extendiendo el brazo y el dedo índice, emitiendo un escalofriante alarido como en La invasión de los ultracuerpos. Estamos rodeados de ultracuerpos. De chivatos, de chotas, como en una caza de brujas. Señalan con el dedo lo que ellos entienden que es el mal. El mal sin mayúsculas. Mentes bien pensantes de lado oscuro latente, cuya retorcida imaginación, alimentada por las leyes cristianas, se dispara cruzando los límites de la lógica… cruzada la barrera del año 2.000… ¿o no?

No se han leído la revista. Me apuesto el pene. Y esto pasa pocos días después del bochornoso espectáculo de la troupe de la Campoy poniendo a caldo A Serbian Film, sin haberla siquiera visto, a través de la ventana electrónica, el altar de la dictadura del supuesto buen gusto. Los guardianes de la moral, que no distinguen entre realidad y ficción, son el cáncer de la creatividad, no me canso de decirlo, incluso me repito en exceso. La corrección política imperante coarta la creación. El personal se acojona, hasta por adelantado. La autocensura ya es lo máximo. Algunos comen mierda sobrexcitados a puerta cerrada, y que ellos lo pasen bien, que a mí me da lo mismo, pero que no repartan justicia indocumentada, que no adelanten acontecimientos, que no demonicen sin más, que no vean el Apocalipsis donde no está, que es en ellos mismos. Tachar de delincuentes a quienes han filmado esa película y a quienes la ven es alarmante, peligroso, nocivo, porque el cine, para empezar, es mentira. Una gran mentira, con la increíble capacidad de remover conciencias como medio de expresión.

En el reciente festival de Sitges se pudo ver A Serbian Film, de la que no voy a hablar porque ya se ha dicho demasiado (menuda campaña-avalancha de downloads se ha abierto). También se proyectó Secuestrados, de Miguel Ángel Vivas. En la rueda de prensa se le acusó de ultraderechista, o algo por el estilo, por ahorrarnos adjetivos. Su visceral propuesta, una sucesión de planos secuencia, es cruda y ultraviolenta. Porque lo que cuenta, tópicos aparte, es así, duro y a la encía. Lo que pasó con La naranja mecánica, por poner un ejemplo archiconocido, sigue ocurriendo, porque los defensores del bien común ven fantasmas donde no los hay. Me inquieta sobremanera su capacidad de tragarse espejismos que ellos mismos proyectan. Su virtud para retorcer sus cerebros hasta límites insospechados e imaginar el horror extremo donde solo hay una exposición de ideas, una fantasía, una recreación caricaturesca de lo que nos rodea, una metáfora, un puñetazo al estómago… Se asustan porque se imaginan cosas terribles que su conciencia no quiere admitir. Se despierta su lado oscuro, y a nadie le gusta que le recuerden que es un animal que se mueve por instinto, un instinto a veces desviado. Mentes perversas.

Más recochineo. Hace unos días se estrenó en nuestros cines Saw VI, tras la polémica absurda de hace ya un año, cuando se le encasquetó la calificación “X” a las bravas. Al loro, porque los que presumen de progres son los más intolerantes —vuelvo a repetirme—. Hay que quedar bien con todo el mundo, menudo rollo, el cáncer de la creatividad y el entretenimiento. Vemos vídeos bastante más fuertes grabados con el móvil en los telediarios. El show se montó para dar un escarmiento a las todopoderosas majors y, de paso, desviar la atención sobre la polvareda que estaba levantando la nueva ley del cine, esa que, a pesar de los cambios, seguirá subvencionando principalmente el cine social coñazo de siempre (atención al concepto del “certificado cultural”, que da para otro post). Vil metal a troche y moche para ese cine de buen rollito que no ve nadie (gana premios del público en los festivales de cortos, cuando no hay que pasar por taquilla, eso sí), el políticamente correcto que no molesta ni a nuestra aburrida ministra de cultura, cuyas declaraciones sobre ”esa franquicia de terror“ fueron tan desafortunadas como todas las que emite.

Estas tonterías, aparentemente propias de otros tiempos, las vivió en sus propias carnes el que esto escribe con Snuff 2000, pieza gracias a la cual vivo con descaro de las rentas. Premios que nos quitaron ante el toque de atención institucional. Festivales que, tras seleccionarlo, se echaron atrás. Y bla, bla, bla… E-mails con insultos, tachándonos de enfermos —sobre todo tras exhibirse en festivales de modernos—, cuando en el cortometraje no hay sangre ni violencia, es todo simbólico y verbal. Pero el espectador, con el que juegas, se imagina cosas, cosas muy locas, terriblemente inquietantes. Barbaries que solo están en su cabeza, y no en la obra que causa su delirante percepción. No les gusta ver el lado oscuro del ser humano. Trasgredir es pecado. Pero esto no es Disneylandia. Si lo fuera, los sótanos del castillo de Blancanieves estarían repletos de cadáveres. Si escondemos los monstruos, hay que alimentarlos. ¡Cuánto esqueleto en el armario!

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