El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Carta a Remedios

Cartas Crueles— 04-04-2013

Pamplona, 10 de noviembre de 2003

Querida Remedios:

Sabes que no es frecuente que te escriba (quizá ésta sea la primera carta que te escribo en toda mi vida) y no es sólo porque me cuesta un huevo coger el punzón y escribirte en braille, sino porque hasta hace bien poco coincidíamos en casa y podíamos contarnos las cosas en directo, tal como iban viniendo, y enterarnos de todo sin necesidad de escribir. Ahora ya no es así: te marchaste hace unos meses y me dejaste solo, con mi ceguera y mis cupones; dejando que el desorden y el polvo se acumularan en esta (tu) casa, no por descuido, sino porque, sencillamente, no los veo. Vivo en una oscuridad total y no hablo en sentido figurado. Algunas veces, cuando consigo atraer hasta mi guarida a alguna clienta del cupón, hipnotizada por mi voz y mis canciones, temo que pueda encontrar en la cama las bragas de otra mujer o el rastro reseco de alguna eyección incontrolada. Sospecho que la chica que me limpia, me limpia poco. Eso sí, sabe muy bien cargar la atmósfera con ambientador, que eso es algo que a los ciegos no se nos escapa.

Con todo lo anterior, Remedios, no pretendo despertar tu piedad o hacer que te sientas culpable. Al contrario: entiendo que el irte a vivir con tu novio fue algo natural, incluso puede que imprescindible, en tu situación. Convivir con un padre putero y hacerse cargo de él, por más ciego que esté, justifica coger el petate y largarse de casa a la menor ocasión. Lo comprendo y aplaudo. Pero los demás también tenemos derecho a volar, así que ahora seré yo quien desparezca una temporada. Sepas que he pedido una excedencia en la ONCE y que me marcho a Canarias con la chica de la whiskeria. Si te digo que es la mujer de mi vida quizá no logre convencerte, aunque lo que importa es que me convenza a mí. Por trayectoria y experiencia creo que puedo juzgar con acierto y, aunque me equivocara, sé que la prefiero a otras mujeres, porque ella adora el tango y la copla española, vibra hasta el llanto con la poesía de Gabriel y Galán, sabe apreciar mi voz de tenor cuando le canto o le recito poesías y prepara los daikiris como nadie, agitando la mano y las pulseras con profesionalidad. Se llama Luciana Vulva, como el jinete cosaco, aunque creo que se trata de su nombre artístico. Ya lo tenemos todo planeado y, si nada nos lo impide, saldremos en avión pasado mañana.

También quiero contarte que la chica del tercero, Pilar, la que trabajaba en la tintorería que hay cerca de Los Pajaritos y que se tiró por el balcón la otra noche (supongo que estarás informada por la prensa), pasó por casa unos días antes del accidente y me pidió que le guardara una caja de zapatos con algunos papeles, porque, me dijo, usted no los leerá y no quiero que caigan en manos de mi novio. Estaba claro que yo no los iba a leer, pero sí a palpar, sobre todo después de que la chica muriera desnucada. Por lo que he podido averiguar, Pilar vivía sola y lejos de su familia, que era familia lejana, gente de mala sangre, que sólo ha venido un primo suyo a reconocer el cadáver y no ha querido hacerse cargo ni del entierro. El comisario que lleva el caso, un tal Arriaga, ha hablado conmigo en dos ocasiones, tratando de sonsacarme alguna información que, obviamente, no puede ir más allá de las sensaciones olfativas y auditivas de los ciegos: el piso de Pilar olía a tabaco negro y ella no fumaba; hace unos días la oí discutir a voz en grito con otra mujer en el patio, alguien que se perfumaba con colonia de bebés; la noche en la que Pilar murió oí ruidos y discusiones en el piso de arriba. ¿Podría ser su novio? No lo sé. ¿Tenía novio? No lo sé. ¿Algo que añadir? Nada más.

Con esa pobre chica yo era amable y mantenía un trato familiar: nos prestábamos cedés, nos saludábamos en la puerta de Los Pajaritos, a veces me invitaba a café y yo le regalaba un cupón del sorteo diario. Quizá por esa familiaridad me confió aquella caja de zapatos, de la cual no he hablado a la policía, porque me voy a Canarias y no quiero liarme más con este asunto. Si alguien te preguntara, tú, de la caja y de los papeles, no sabes nada. Aparte de esto, te dejo algún dinero bajo el tapete de la mesa del comedor: un billete nuevo de 500 euros, para que te compres algo bonito en mi nombre, con mi deseo de que seas muy feliz con tu novio. A ver si en alguna ocasión podemos cenar los cuatro. Cuando vuelva de Canarias. Dale recuerdos a Miguel y a la dueña de tu farmacia, una mujer que me gusta, con ese acento extranjero tan atractivo: siempre me compraba el cupón aunque nunca tenía el “númego” que ella buscaba. De haberlo tenido, me hubiera resultado fácil engatusarla. Es persona distinguida, se la huele.

Siempre has sido un alivio para mí, Remedios; en eso has hecho honor a tu nombre. Un abrazo de tu padre,

Zacarías

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