Convento de las Arrepentidas, Guadalajara
20 de mayo de 2003
Querida mamá:
Te escribo desde mi habitación, por la noche, con una linterna porque así me veo y no quiero que nadie sepa que te escribo, y en paz. Si te llamo mamá es para diferenciarte de mi madre, que ahora es la monja de aquí, que se llama Engracia y que todas tenemos que decirle madre, aunque no sea la madre de nadie.
Yo estoy bien, mamá, pero me aburro mucho. Cuando me desperté de la anestesia le pregunté a la monja que dónde estaba mi niño, pero el médico ya se lo había llevado. Ese médico es muy sospechoso, siempre vestido de negro y con una voz del otro mundo, que me recuerda a Drácula pero con gafas. Así que tampoco tengo a mi niño y dice la madre de aquí que me olvide de todo este asunto. No entiendo por qué tengo que olvidarme. Si no tengo al niño y no tengo a Florián, si no os tengo a vosotros ni a las amigas de Pamplona, ¿qué puedo hacer? Aburrirme. Ahora mi amigo más amigo es el perro vigilante del convento, que ladra mucho y vigila muy bien. Cuando me ve se pone muy contento y mueve la cola porque yo le doy de comer las sobras de la cocina que han sobrado.
Que sepas que estoy trabajando en la cocina de cocinera, pero también me encargo del perro, de las gallinas del gallinero y de recoger las frutas del frutero que viene con una furgoneta y que se llama más o menos Algasís, y que es muy majo. Me recuerda a Florián: moreno, con el pelo negro y con bigote; grandote como me gustan a mí, pero es extranjero de otro país y no habla muy bien. Quiero decir que no sabe decir muchas palabras, como yo antes de ir a la logopeda, la señorita Prats, pero nos entendemos muy bien porque yo le hago gracia y se ríe conmigo. Dice que las monjas no pueden salir del convento ni enseñarse a la gente, pero yo sí me puedo enseñar porque no soy monja del todo y quiero que sepas que no me gusta ser monja, así que ya puedes venir a buscarme y sacarme de aquí. Yo me quiero ir a casa con mi niño y ponerme a vivir con Florián y yo y el niño en la planta baja de la calle Comercio. Florián trabajará y tendremos también un perro vigilante. El perro de aquí se llama Chus. Y si Florián no tiene trabajo, ya lo encontrará. Yo también puedo trabajar de algo. Y si no, pues nos dais dinero y en paz, que el papá tiene mucho en el banco y yo soy vuestra hija verdadera, y tarde o temprano todo será mío y lo heredaré todo, y en paz.
Recibí el escrito con lo que tengo que decir el día de la jubilación de papá, y me lo estoy aprendiendo de memoria porque me ha dicho la monja que saldré a decirlo por la tele. Pero te advierto que lo que tengo que decir no es verdad, que todo son mentiras, que es falso, en una palabra. Aquí no estoy bien, ni contenta, ni rezo por vosotros ni nada. Sólo estoy contenta cuando viene Algasís con la furgoneta, y hablamos de nuestras cosas y del desierto, que nos entendemos muy bien, y nos reímos mucho hasta que viene alguna monja a fastidiar. Algasís no es rumano como Florián, sino de otro país extranjero del sur, más moreno todavía, y se pone moreno del sol del desierto. ¿Por qué me gustarán tanto los extranjeros? Será porque hablan como los indios de las películas, todo en presente, y diciendo las cosas por su nombre y en paz. Nosotros amigos; nosotros fumar la pipa de la paz. A mí también me gusta fumar.
La madre me tiene dicho que no hable con Algasís, pero yo ya estoy harta de todo lo que me dice la madre, porque resulta que no puedo hacer nada y solo puedo ir a misa y cocinar y rezar, que estoy hasta las narices de las monjas y me gustaría saber qué coño hago aquí y qué tengo que hacer para irme. Me estoy poniendo nerviosa de los nervios al pensarlo. Antes, por lo menos, cuando estaba en San Saturio, si se descuidaban las cuidadoras nos íbamos al lavabo a fumar y eso, y a veces hasta nos escapábamos saltando la valla del Centro y era muy divertido que nos buscara la guardia civil. Pero aquí no es lo mismo, ni tengo amigas ni tabaco y estoy a todas horas vigilada, y la valla es muy alta. Por ejemplo, si ahora viene la monja y me ve escribiendo esta carta me la cargo. Ala, Benita a barrer, porque ahora me llaman Benita y no sé qué más del arrepentimiento o algo así. ¡Y un huevo! Yo soy Merceditas Carcagente Ramírez, hija de Mercedes y Samuel Carcagente, natural de Jerez de la Frontera, provincia de Cádiz, España. Y vivo en Pamplona, y tengo un niño y un novio, y quiero un perro y en paz.
No lo diré más veces: quiero una televisión en mi cuarto para ver la tele y quiero a mi niño porque estoy muy aburrida. También quiero un paquete de Ducados o dos, que sólo puedo fumar cuando viene Algasís y me da. Y si no me traen la tele enseguida, juro que no me tomaré la medicación. A la mierda la medicación. Y si chillo, chillo.
Bueno, se acabó. Le daré esta carta al Algasís para que te la mande, porque si me la coge la monja me la rompe y me manda barrer. Mamá, ven por mí, que me aburro.
Un beso muy fuerte de tu hija
Merceditas
