Cierre los ojos. Ponga la mente en blanco. Concéntrese. Imagine el careto de garrulo en celo de Paquirrín en tres dimensiones. Sí, lo ha oído bien, ¡en 3D! Abra los ojos. Ha pasado ante usted una imagen que desvela el futuro del cine español. Paquirrín en modo estereoscópico, una terrorífica estampa que sirve como introducción para arremeter contra la última maniobra de marketing audiovisual inventada por cuatro iluminados para sacarnos los cuartos.
Me declaro ex-fan del 3D. Yo fui un defensor acérrimo del efecto tridimensional en las salas de cine. Era (y es) lo que más me gustaba, con diferencia, en los parques de atracciones temáticos. Disfruté sobremanera con el montaje de Terminator 2: 3D Battle Across Time en el chiringuito de la Universal en L.A., por ejemplo, entre otras cosas porque montarme en aparatos que te agitan como una maraca no es lo mío. Abracé con algarabía las primeras proyecciones que llegaron en este renovado formato a nuestra cartelera. Espectacular Beowulf, filme a reivindicar, iluminado sobre la pantalla del Imax. Atmosférico el pase de Los mundos de Coraline. Pero después, como siempre suele ocurrir, nos llega la morralla. Objetivo: exprimir al máximo la gallina de los huevos de oro. No sé ustedes, pero sufrí lo mío con Furia de titanes, ese clásico mancillado. El estreno recaudó 4 millones de euros durante el fin de semana de su lanzamiento, la mejor entrada del año en la taquilla española. Dejando a un lado su aburrido guión, sus efectos visuales de videojuego del montón y su poca emoción, lo preocupante es su descarado uso de las tres dimensiones como simple reclamo para que el personal pase por taquilla y pague unos euros más, tan campante, a cambio de unas gafas de plástico dignas de estar expuestas en algún rincón oscuro de una tienda de todo a 0´60.
Tal y como llega ahora a nuestros cines, el 3D ha evolucionado, se ha sofisticado, pero ya fue un reclamo en los años 50, con diversas películas adscritas al cine fantástico que llamaron la atención del espectador por un periodo de tiempo más corto del deseado. Fue una moda, y más de medio siglo después puede ocurrir lo mismo por culpa de la utilización del sistema con fines meramente comerciales. La maniobra puede salirle cara al negocio cinematográfico, ya que son muchos los fiascos que estamos viviendo, el último el estreno de Airbender: el último guerrero —ese gran truñaco infantiloide— donde no hay prácticamente diferencia entre las versiones 2D y 3D. Tras el pase, un compañero quiso poner una queja en el cine, exigió el libro de reclamaciones porque había pagado más por un servicio prácticamente inexistente. Hizo bien. En este país parece que quejarse es de histéricos, gruñones o amargados. Debo de ser las tres cosas a tenor de esta columna.
Vamos con más hechos. Hace una semana fui a ver —sí, me trago todo— la cuarta entrega de Resident Evil. Llevé las gafas estereoscópicas, así hacemos un favor al medio ambiente, la entrada sale más barata y ahorramos en general. Al enseñar las lentes en la taquilla, me obligaron a pagar el suplemento igualmente porque no eran las homologadas. Breve discusión en tono amable que no fue a ningún sitio. La sorpresa me llega en grado mayúsculo cuando en la puerta me entregan unas gafas exactamente iguales a las que tengo en el bolsillo. EXACTAMENTE IGUALES. Evidentemente, mi mosqueo me lleva a elevar la voz tras sentirme estafado. Es hora de protestar por estas cosas, y de avisar que la película es mala de cojones, que no aprovecha el 3D ni de coña, como el que encuentra un pelo en la sopa y la lía en el restaurante o quema un aeropuerto porque su vuelo se ha retrasado 1.327 días.
De entrada hay que estar al loro y que la película estrenada haya sido rodada directamente en formato estereoscópico. Si el efecto ha sido realizado en postproducción, mal asunto. No hay que ir a la sala oscura a ver una propuesta que no haya sido realizada y concebida desde el principio como una obra en 3D. Para no llevarnos grandes chascos y si queremos intentar gozar del show que supuestamente proporcionan las gafas estereoscópicas, una moda que pierde fuelle a marchas forzadas, es importante que no le hayan metido mano a las imágenes a posteriori. Nos quejamos de que el cine es caro, pero al final pagamos más de diez euros por ver una chapuza que abusa de la postproducción porque lleva la etiqueta 3D. Mucho tiene que evolucionar el lenguaje cinematográfico bajo el prisma estereoscópico para que no mandemos todo lo que va a llegar próximamente al carajo. Profundidad de campo, objetos en primer término y poco más. Esto es lo que nos da el invento hasta ahora. Además está visto que el festejo funciona mejor con el cine de animación, mientras no se demuestre lo contrario. El bajón de luz salvaje se acentúa con la imagen real. Si utilizar el 3D significa abusar de la profundidad y lanzar cachivaches a cámara, apaga y vámonos.
Quiero creer que hay un lenguaje por explorar, pero tengo mis dudas. Entretanto, las televisiones —no precisamente baratas— ya nos quieren endiñar el invento. ¿ Gran hermano en 3D? ¿ La que se avecina? ¿El telediario? ¿Realmente interesa, salvo quizás para quienes disfruten con los deportes? ¿Hablamos de porno? William Castle se revuelve en su tumba. Avatar ha hecho un flaco favor al negocio. Al tiempo. Y lo más escalofriante es que el futuro del cine español depende de iniciativas como Torrente 4, rodada en 3D, con Paquirrín dándolo todo. Yo no necesito ver semejante espectáculo, ni la calva de Woody Allen en 3D ni la mayoría del celuloide imaginable. Empiezo a agradecer que algunos estrenos comerciales estén filmados a la vieja usanza. Sin duda, de lo poco destacable de Origen. Acabo de tirar las putas gafas por la ventana. Hagan lo propio.
