El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Zeno

Paleta de grises— 30-07-2012

Fónico nunca se enteraba de nada.

Se me presentó una noche en la discoteca de verano. Olvidé su nombre a los dos segundos. Sí recordaba que le gustaba el rock sinfónico. Así que lo bauticé Sinfónico. Con el tiempo, Fónico. A día de hoy, medio pueblo se dirige a él de esa manera.

Fónico era una abeja que libaba allá donde le dejaran. Nuestra manada ya era numerosa, y atraía a algunas almas cándidas que querían cambiar la orientación del crucifijo que les colgaron en la primera comunión. El caso es que Fónico y yo acabamos haciendo buenas migas. Dos soledades hacían una soledad mayor pero de alguna forma compartida: el milagro del agro.

Lo que ocurría es que Fónico no se enteraba de nada. Se enchufaba delante de la tele, se tragaba el “Tocata” y se compraba todo disco que llevara una guitarra. Un día aparecía con el Wild Frontier de Gary Moore, o con el primero de Poison, sólo porque había visto el vídeo o una actuación televisiva.

Pero lo peor fue lo de Zeno.

Uli Jon Roth, guitarrista primigenio de los Scorpions, tenía un hermano pequeño. Que también decidió, estoicamente —haciendo gala de su nombre— formar un grupo de rock duro. Pero, ay, el talento se lleva en los genes. En el caso de Zeno Roth, en los del hermano. Aprovechando la expansión heavy ochentera hacia el cardado capilar y las chaquetas de brillantina, engañó a otros dos elementos y sacó un disco que pronto ocupó los primeros puestos de la vergüenza ajena. Pero salieron en “Tocata” y Fónico se compró el disco. Y me lo grabó.

Con el tiempo acabaría utilizando a Fónico para escuchar todos los discos que no sabía si comprarme o no. Así, le dejaba caer que había un grupo llamado Keel que tenían buena pinta, y que estaba esperando oír alguna canción más en el programa de El Pirata para pillarme el disco y zas, aparecía con él a los quince días. O que Vinnie Vincent, tras separarse de Kiss, había hecho un álbum cojonudo… Discos —cintas— que más tarde me hubiese tenido que tragar una y otra vez hasta la extenuación para amortizar y conseguir que me gustasen, que 900 pelas eran muchas pelas. Y es que así se gestaba el verdadero heavy por entonces: haciendo callo en el oído.

Fónico tenía un R5 con el que quemábamos la noche entre los varios pueblos desolados de la provincia. Una noche, bastante tarde, volvíamos con el hígado a medio castigar y las carteras vacías, con Zeno a toda pastilla, y él cantando a voz en grito esos graznidos nasales de Michael Flexig. Yo pensaba en el ascendente musical que tenía sobre él, y me pregunté si iría más allá.

Para entrar en el pueblo había que pasar por una curva en la que casi reposaba una pared de lo que había sido una antigua casa de labranza, y en la que chavales como nosotros, borrachos y en coche, se habían pegado leches en diversos grados de tentativa y gravedad. Me uní al coro cacofónico y de pronto le solté un “a que no hay huevos de estamparnos contra la pared de la curva”. Fónico calló, pero yo me colé en sus entendederas berreando el estribillo de Signs on the sky. Lo miré desafiante. Y él aceleró.

Y siguió acelerando cuando las luces largas anunciaron el comienzo de la fatídica curva. Agarró el volante con fuerza y yo callé con él. Hasta la música calló por un momento. Entramos en la curva pero nuestra trayectoria seguía siendo recta. Cuando íbamos de cabeza a la pared frenó en el último momento, pero no lo suficiente. El coche, que describió un extraño giro hacia la derecha, impactó contra la tapia, nosotros rebotamos en su interior hasta donde nos dejaron los cinturones de seguridad, y unos hilillos de vapor errático huyeron por el capó. Sólo se oía un solo de guitarra y nuestras risas nerviosas por el alcohol. Habíamos desafiado a la Parca y nos estábamos riendo de ella. Éramos inmortales. El garrote entró por la ventanilla del conductor e impactó directamente en el mentón de Fónico. Giró la cabeza siguiendo las indicaciones de la tercera ley de Newton y pude entrever que un hilo de sangre comenzaba a manar de su cara rota y se mezclaba con sus lágrimas de dolor y su mirada de estupor. El garrote salió del habitáculo y se estampó repetidas veces en el capó y en el parabrisas, creando caminos erráticos llenos de ángulos que no dejaban de ser caóticamente bellos. Una voz se dejó oír al fin al otro lado del garrote:

¡Hihoh de puta, que cazi me matáih!”, sonaba entre garrotazo y garrotazo.

Además de delimitar la linde del pueblo, aquella tapia era el punto de recogida establecido para que los campesinos sin tierras echasen su jornal a cambio de unas perras. Y nosotros nos habíamos estrellado a escaso medio metro de aquel probo jornalero que esperaba el tractor que lo llevaría a escardar remolachas.

De todo esto nos enteramos después. Primero tuvimos que prestar declaración para el atestado de la Guardia Civil y esperar a que el dueño del taller de chapa y pintura Calero llegase con su grúa para llevarnos al pueblo. Por supuesto, aquel incidente lo disfrazamos de accidente.

Desde aquella noche, Fónico viste una cicatriz que nos hermanó en el metal.

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