El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

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Sum Vermis— 12-12-2011

Aunque quisiera, no podría decir de dónde vino el primer golpe, y mucho menos los que le siguieron. Creí que el primer estacazo me había dejado ciego, dejé de ver al instante, la sangre me sumió en una oscuridad de mercurio caliente y dañino; si conservo algo de mi antigua cara y ambos ojos es pura casualidad o un puto milagro. Me borraron la jeta con todo lo que un hijo de mala madre puede encontrar en una prisión. Después de la encerrona, el amasijo que quedó colgando por encima de mi cuello no era un rostro, punto filipino de quirófano. Aún me duele en las sienes y los oídos ese concierto de golpes que no entiendo cómo pudo dejarme un hueso sano. Supongo que los guardias salieron en mi auxilio antes de lo acordado, dando por hecho que ya me habían dado el finiquito. Tal debió ser la sacudida. Luego me arrastrarían como gelatina hasta la enfermería y allí se pondrían de los nervios al darse cuenta que respiraba todavía. No tuvieron más remedio que acercarme hasta la clínica. Dios o la Virgen deben de haber escuchado las plegarias de esas taradas que me mandan cartas de amor y hasta me piden matrimonio. No leo la mitad de lo que escriben —no pasa censura— y algunas son menores. Yo creo que más de una habrá pedido que la quite de en medio a hostias y pollazos. Sea como sea, sus oraciones han obtenido respuesta en esta paliza cobarde y montonera que me ha sacado de la cárcel por la puerta de atrás, convertido en la china más molesta dentro del zapato del responsable de prisiones. Esta carnicería dio la vuelta al mundo, algún funcionario se encargó de grabar la carne rajada, en plena ebullición, que palpitaba alrededor de mis ojos, mientras me ponían a salvo tirando del trapo húmedo de mis brazos dislocados. Más inyecciones, más pastillas, reposo, catorce horas de quirófano… Cara nueva, vida nueva. Si no, al tiempo.

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