La idea ha sido mía, sí, mía, el abogado sólo se ha encargado de mover los hilos para conseguir permisos y mandangas. Se me ocurrió como se me pasa todo por la cabeza, de golpe y sin un camino recto. Se la expliqué y enseguida dio con el fotógrafo. Doce meses, doce fotos para ayudar a los sin padre de Libia; cada retrato con una frase sobre lo más bonito de la infancia. Yo no voy a salir, claro, por lo que les hice a las nenas, pero todos saben de quién ha sido el invento y la revisión de pena es cosa hecha. Lo que no me gustaría tanto es que, con el trajín de la buena conducta, terminen por cambiarme de chirona, que aquí estoy muy a gusto: comida, catre, fulana… Sólo me faltan los libros y, al paso que vamos, no tardarán en traerlos. De momento me entretengo con “El Cajas”, que viene a ser un saco de huesos nerviosos, un no parar de cintura para arriba. Lo trajeron por meter billetes de pega en cuatro cajas de ahorro y, para hincarle bien el cepo, lo han involucrado en un reventón de venas en el que poco tendrá que ver. Luce unos dedos feroces que se comen el papel a trazo hecho hasta no poder más. Jugamos muchas veces al retrato robot: le voy definiendo rasgos fisonómicos y él los concreta frase a frase. Primero le dictaba, sin él saberlo, los rostros de aquellas niñas del bosque y, al comprobar lo fieles que resultaban los retratos, me animé a improvisarle caras nuevas, que sueño, imagino o puede que haya visto por la calle, en cualquier parte. Melancólico como es, se ha enamorado de una, la de cara más carnal y minuciosa. La dibuja una y mil veces, de muchas y variadas maneras; una muchacha que, la verdad, ahora mismo no sé si la inventé o me la habré tropezado por ahí antes de venir a parar a este charco de muros y rejas en el que sólo los sapos gordos de veneno sabemos salir adelante. Me gusta cazar moscas, a ti te lo digo.
