El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Asunción Briñas y Ramón de la Raspa toman la decisión conjunta como pareja —nueve años arrimaos dios mío— de viajar de Madrid a Londres en un avión de Ryanair en medio de una semana de marzo. Ella cobra el paro y él es autónomo y nacido en Segovia; pretenden pasar tres días lejos de casa. Se mueren de ganas de cambiar de aires: las ganas les están matando. Su escapada de entreguerras es, además, el primer viaje importante —ya visitaron Toledo en noviembre— de su hijo Salomón; Salomón es un bebé de ocho meses calvo y reservado que contempla espacio y tiempo con esa Profunda Indiferencia de ojos siempre abiertos que tantos padres de voluntades licuadas por la emoción tienden a tomar por Asombro. La relación entre Asunción Briñas —Asun— y Ramón de la Raspa no es una relación normal, se trata de una pareja de plural adiamantado, de resultado indivisible y sinérgico: dos amigos, un equipo. “Es para siempre”, llegó a declarar él en un estado de su cuenta de Facebook. Según la opinión de un primo segundo de ella, “se les ve muy contentos”. Además, ahora empiezan a pensar en casarse —¡quién lo hubiera dicho!— porque el gestor les dejó caer que lo mismo les podía venir hasta bien. En dos mil siete adornaron su terraza con tres plantas, en dos mil ocho se pasaron un juego de la Wii a dobles y en dos mil nueve pagaron ciento cincuenta euros por el canario aquel que ni cantaba ni nada (¿de qué te sirve un canario en ese plan?) y que murió en dos mil diez. El nacimiento del niño era el siguiente paso lógico de su devenir.

Cuando llegan al aeropuerto es lunes y son las ocho de la mañana y van cogidos de la mano y Ramón empuja el carrito del bebé con el carácter extraviado del que surca la nube púrpura del pasillo de suavizantes y detergentes del Mercadona. Ramón ha comprado unas maletas para el viaje. “Son muy ligeras”, dice, “hasta cuando van llenas parece que no pesan, ¿ves?, y mira qué ruedas traen, mira tú cómo brillan”. Asun le da la razón. “Muy fuerte”. Los billetes de la pareja son de los de preferencia —nosecuantos pavos extra— y gracias a ello pueden entrar en el avión antes que el resto de pasajeros y ocupar los asientos de la cabecera. Son los únicos asientos que le gustan a Ramón, que masca un Bubbaloo tutti frutti con el bebé apoyado en “el regazo”. La luz del sol que pasa por la puerta que tienen a su izquierda pega directa en las caras de los tres durante la media hora que tarda la gente en entrar en la máquina. Al lado de Asun se sienta un señor de ojo pipa, mostacho de pelusa y camiseta serigrafiada con el logotipo de Afanias. El señor tuerce el cuello, establece contacto visual y dice: “me llamo Albert y soy de Esparraguera”. Asun le da la mano. “Encantada”. Ramón se descojona contra la ventanilla tapándose media cara con la mano izquierda y sujetando a Salomón de un bracito con la derecha. Asun, roja, le pega un codazo. En pleno despegue, Albert de Esparraguera levanta los brazos y grita: “¡Polla y huevos!, ¡polla y huevos!”, así seguido varias veces hasta quedarse sopa con la baba en la pechera. Dos horas más tarde, esperando a que sus maletas reaparezcan por la cinta de equipajes, Ramón se gira hacia su mujer, bizquea, fuerza la voz y dice: “me llamo Albert y soy de Esparraguera”. Se parten de risa.

Tras sobrevivir al tren y al metro llegan al hotel y un paquistaní de aterradora sonrisa —blanco sobre negro— les atiende en la recepción. “We want to checking”, dice Ramón. Ramón sabe inglés. El recepcionista comprueba sus datos y pide una tarjeta de crédito. “Mr. Raspa, right?” Ramón asiente: “yes”. “And whooo’s this?”, pregunta el hombre dirigiéndose al bebé con el tonillo de condescendencia universal de mierda que todo el planeta sufre y soporta. “Salomón, it is my son”, dice Ramón. “Yes Mr. Raspa, sir, salmon so nice, I love salmon”, dice el paquistaní. “No, no”, dice Ramón, “the name is «Salomón»”. “Yeah, yeah, like the fish… I looove salmon”, insiste el otro. “Que no, coño”, dice Ramón. “«Salomón», like Solomon Burke the black singer”, dice la madre. El paki se encoge de hombros. En el ascensor, Asun le pregunta a su novio si decir “paki” es un acto racista. Ramón se encoge de hombros. La habitación es casi como la de las fotos de la web. El baño está un poco sucio y el techo es bajo pero da igual porque ninguno de los dos supera el metro setenta. Salen a dar una vuelta y compran comida en un Tesco: patatas fritas, batido de fresa, Dr. Pepper, queso en lonchas. Se echan en la cama mientras papean y ven el canal internacional de TVE. Los demás canales no los entienden. En las noticias cuentan lo del camión de la basura de Sevilla que se ha vuelto a comer a dos funcionarios de correos. El hombre del tiempo dice que va a hacer frío. Cuando el hombre del tiempo —ese hombre del tiempo que cuela bromas porque piensa que nadie le presta atención— dice que va a hacer frío su entrepierna queda superpuesta —en el mapa imaginario— a la zona de Elche y da la casualidad —¿o es aposta?— de que en Elche llueve pasado mañana y las gotas de la nube de dibujos animados parece que le salen del pantalón al tío y Ramón hace un comentario al respecto provocando que Asun, a causa de la hilaridad inherente a la situación, escupa unas ráfagas de batido de fresa yendo estas auténticas Ráfagas de la Muerte a parar a la cara del bebé, que no se entera de nada y mira el mundo y sus novedades a través del libro de estilo de TVE en aparente estado shock perpetuo. “Ay, perdona cariño”, dice Asun, y tanteando por encima sin mirar hace como que limpia la cara de Salomón atenta siempre al hombre del tiempo, que se sigue meando en sus mentes, y en vez de quitar Lo Radiactivo de la cara del niño se lo extiende por la mejilla derecha como en una escena de una película de Jerry Lewis en la que Jerry está limpiando el retrato de una señora y le pasa un trapito por la parte de la cara y el rojo en los labios del retrato se arrastra por el lienzo como si le acabaran de aplicar el color a la pintura. Esa noche Salomón duerme con la plasta rosa bien puesta brillando en la oscuridad mientras Asun, ajena del todo y a todo, rechaza —con un gesto y un darse la vuelta con ira— los arrumacos de su Hombre Ramón y la picha enfurecida oculta bajo pijama de algodón y él siente en sus carnes el vacío y la carestía de amor y sufre callado en Tierra Extranjera y piensa con los ojos cerrados con fuerza que su novia guarda en el pecho un corazón que más que corazón es nido de sierpes.

A la mañana siguiente la pareja descubre que la secadora del baño no funciona. Ramón le pide al paki que se lo solucionen. Cruzan Hyde Park a lo ancho con el bebé en el carrito. Chispea, se quedan quietos mirando a los cisnes. Los cisnes les dan igual a los tres. El niño intenta comerse su propia mano. Llegan a la tienda de “chocolates orgánicos” que ha fichado Asun por internet y compran chocolates de siete sabores distintos. Compran uno de avellana escalada en fino chocolá y otro con plátano de Canarias y otro que lleva guindilla y coliflor. Chocolate de coliflor picante. “Qué jebi”, dice Ramón. “No queda nada por inventar”, dice Asun. “Diría más: está todo inventado”, dice Ramón. “¿Qué?”, dice Asun. Sacan de la bolsa de la tienda unos Tronquitos Chocotrufa y se los van comiendo por la calle. Llueve. Ramón se queja porque le duelen los pies de andar y le tiene envidia al niño porque va sentado y a cubierto. Entran en el “Museo del Cómic”, Ramón le tira fichas a la dependienta de la tienda de tebeos. “I know Barcelona is more better but Madrid is also like «OK» you know?”, le dice a la pobre. Asun, con el niño en brazos, flipa. La pareja discute en medio de la calle. “Soy un hombre y no se me puede contener, Asunción; si lo que querías era un eunuco cantándote guajiras y regando macetas más te valdría haberte casado con otro”, dice Ramón. “Pero si no estamos casados, Ramón”, dice Asun. “No me dejas decir que eres mi novia, tengo que decir que eres «mi pareja» y la gente… joder, ¡la gente piensa que soy maricón!”, dice Ramón. “Lo que eres es un puto cursi”, dice Asun. “¡No tengo la culpa de tu menopausia!”, dice Ramón. “¡Tengo treinta y tres años!”, dice Asun. “¡Polla y huevos!”, dice Ramón, “¡polla y huevos!” Los dos ríen como si nada y se abrazan y vuelven corriendo a la tienda del “Museo del Cómic” nada más darse cuenta de que se han olvidado al niño encima de una pila de tebeos. Van a la Wellcome Collection y compran un libro con fotos de cuadros pintados por personas con diferentes clases y grados de discapacidad intelectual. “Los mejores cuadros son los que pintan estos tíos”, dice Ramón. “Todos artista con un mínimo de interés tiene dentro a un subnormal pequeñito luchando por salir a la superficie”, añade Asun. “Hay muchos documentales que tratan el tema”, dice Ramón, “es interesantísimo”. Comparten unos gnocchi en un restaurante y valoran la posibilidad de apuntar a Salomón —cuando vuelvan a Madrid— a clases de climbing para bebés. “En el Metropolitano tienen un rocódromo que te cagas”, dice Asun. “He leído que la escalada viene muy bien para que los niños aprendan a concentrarse”, dice Ramón. “La sociedad impone un ritmo y es nuestro deber seguirlo si no queremos quedarnos atrás”, dice Asun. “Un bebé no es un gadget cualquiera”, dice Ramón. Cuando llegan al hotel comprueban que no les han arreglado la secadora. A las nueve de la noche, en busca de un poco de privacidad, meten al bebé en el baño atado a la sillita y, por primera vez en tres años, logran follar bajo un edredón que no es de Ikea. “¡¡¡Odio la palabra «Nórdico»!!!”, aúlla Ramón al correrse, para espanto de Asunción. Cuando terminan vuelven a traer al niño y se meten en la cama para dormir. Asun dice que mañana tienen que visitar “la Tate” y “St Paul’s” y a Ramón ese nombre así tan mal pronunciado por ella le recuerda a los Padres Paúles de Madrid y le da un escalofrío y piensa en todo lo que van a tener que andar al día siguiente y se retuerce pero también piensa que al menos ha pencado y decide quedarse frito ahí con el pensamiento esculpido en hielo en todo lo alto.

Al llegar a la catedral se enteran de que no tiene ascensor. Suben quinientos escalones, Ramón con el niño pegado al pecho. Cuando llegan a la cima se apoyan en la barandilla y el bebé se inclina un poco hacia delante y su gorrito de los Misfits comprado por eBay el mes pasado cae al abismo flotando como una pluma sobre curas y turistas. Desandan el camino, cruzan un puente y entran en la Tate Modern. El estrago de los escalones permanece con ellos. En una planta de la Tate tienen una colección de fotos de Diane Arbus y en las demás hay cuadros de otra gente otras personas gente que pinta algunos subnormales algunos no pero Asun y Ramón mártires del Gólgota los dos ya están hartos de andar y pasan de todo y sólo quieren volver a casa. Para la última noche, los del hotel —al fin— les han cambiado la secadora.

El jueves, Asunción Briñas y Ramón de la Raspa, pareja y novios, polla y huevos, se levantan con el tiempo justo. El avión de vuelta sale a las nueve de la mañana. Asun deja al bebé encima del edredón, entre las almohadas, mientras Ramón mira por la ventana. “Me seco el pelo y bajamos”, dice ella. En la recepción intentan comunicarle al paquistaní que se lo han pasado muy bien, que todo perfecto. “Great in here, we will repeat”. Él les mira raro, como si tratara de recordar algo. Ya en el tren, Asun nota algo: “Joder, con todo lo que nos hemos comprado y es como si fuésemos menos cargados”. “Es por las maletas, tía”, dice Ramón, “son súper ligeras”. Ella, adrede, pone cara de boba. “Muy fuerte”. Les da la risa floja. Van escuchando música con el iphone de Ramón, cada uno con un auricular.

Ya en Madrid, solos en casa, por costumbre y homenaje, Asun y Ramón se ponen un rato el canal internacional de TVE. “Qué recuerdos”, dice Ramón. “Lo que queda es la memoria”, dice Asun. En la pantalla, el hombre del tiempo dice que va a hacer frío. Muchísimo frío durante todo el mes. “Se trata de un frío sin precedentes, un frío que no se irá jamás”, dice de coña creyendo que nadie le escucha. “Es para siempre”.

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