He tenido que dejar de escribir estos días, alguien me robó los rotuladores, el negro y el verde. Tardé sólo un día en saber quién era. Se los mete en el culo, debe llevar lo menos treinta, por gusto —claro— y para que lo lleven cualquier día a la enfermería. Me ha jodido bien, el maricón hijo de puta, obligándome a memorizar todo lo que quería escribir y que se me va olvidando rato a rato. Lo único que me dejan tener aquí es la libreta y los rotuladores, y ahora sólo me quedan páginas a cuadros sin nada para llenarlas, mientras toda la mierda se me menea en la cabeza, donde se pudren y escurren las mejores ideas. Y el mariconazo con mi tinta embutida en plástico metida hasta los intestinos, eso si no la caga, porque si le doy una patada en la barriga, lo suelta todo. Pero a ver quién mete luego la mano en su argamasa. Que eso ya no hay modo de limpiarlo y que no huela. Panda de culos hambrientos, son los peores de todos, los únicos que podrían ser felices aquí dentro, petándose entre ellos, amor y banana, y se pasan el día dando por culo a los demás, robando y urdiendo como brujas. Así revienten todos. Doy por perdidos los rotuladores, pero éste me las paga. Hoy que hay judías lo va a tener crudo; con cuatro insinuaciones, delego en otro bujarrita, que se encarga de organizar el festival de petomanes. Reclamo de culos, trampa segura. Esta mañana ha desaparecido un botellín de colonia, su dueño lo buscaba rabioso, yo enseguida he sabido que éramos víctimas del mismo ladrón. Sólo ha habido que darle coba a su pompa para que se animara a participar en el derrame de ventosidades, y cuando le han encendido la cerilla y ha resoplado su peste le han ardido las tripas con todo dentro. Yo me he herido una mano mientras fingía socorrerle y nos han traído a los dos al fondo de camas de la enfermería. Por la noche, mientras el de guardia echa una cabezadita, le saco sangre de la bolsa y ya tengo con qué escribir hasta que me traigan otro rotulador, dentro de dos días. Creo que he puntuado por buena conducta.
