El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

La habitación del miedo

Historias de amor (y apocalipsis)— 27-10-2011

En una reciente visita a un evento cinematográfico, de vuelta al hotel a horas intempestivas con unas copas de más (es lo que toca en tan señaladas citas, vida social impredecible, aparte de tragar celuloide), me topé con un recepcionista peculiar al pedir sin sutilezas la llave de mis aposentos. Reconocí su rostro de la televisión, tengo buena memoria para las caras. Le señalé con el dedo y balbuceé: “Tú sales en una serie o algo, me suenas…“. Al principio, modesto, se hacía el longuis, pero luego lo reconoció. Sin duda se saca un buen sobresueldo, sabia decisión en los tiempos que corren. El que esto escribe está pensando seriamente en apuntarse a un curso de fontanero por correspondencia.

Al día siguiente, en un sarao nocturno —otro más—, me volví a encontrar al artista-recepcionista, esta vez con ropa de calle, imbuido en el mundo de la farándula, rodeado de otros entes semejantes sin su capacidad de trabajo más allá de las cámaras. Al personal se le caen los anillos que no veas. Esta vez me reconoció él, luego iba más beodo. Charlamos un rato, más majo que las pesetas, la noche une con una facilidad pasmosa. Al día siguiente, si te he visto no me acuerdo y aquello que me prometiste entre sustancias sospechosas es una cosa demasiado loca, ni idea, oyes… Pero hubo feeling y el tipo enseguida me soltó una perla en bruto. Me contó que en el hotel hay una habitación embrujada, que afortunadamente no era la mía. Es lo primero que miró la velada anterior después de darme la llave. Al parecer, desaparece gente sin más. De hecho, disponen de un pequeño trastero donde guardan las maletas de los huéspedes evaporados por arte de magia (negra). Solamente quedan los bultos y el calzado. Nadie los reclama. Yo me lo quise creer. Me lo creo. Al exigir más datos, preso de mi atracción por las sombras, la información no dejó de crecer con la descripción de situaciones sobrenaturales capaces de excitar a Iker Jiménez hasta el priapismo. Corrientes de aire frío. Aparición de tableros de ouija. Es la última habitación que ofrecen a los clientes, a no ser que alguien la pida por adelantado. Solamente si es la única que queda libre en todo el edificio se la encasquetan a algún incauto. Convertirse en el hotel de los fantasmas no es bueno para un negocio así.

Al regresar al alojamiento, anduve con cautela por los pasillos, desafiando como un niño al misterio, sabiendo que la curiosidad mató al gato. Tardé en dar la luz a propósito, me place degustar esos momentos de miedo humano. Pánico irracional. Iluminando el trayecto con el móvil, pudiendo pulsar el botón señalado a conciencia para salir de la oscuridad. Imaginando atractivas barbaridades. Buscando el enigma, quizás inexistente. Persiguiendo un relato asombroso. Magnificando los pequeños ruidos que ofrece la noche. La hipnosis del silencio y la negrura. Explorando las raíces del miedo. Un estado mental que se vio amenazado al cruzar el umbral de mi habitación. Al entrar tropecé con algo en el suelo. Una ouija de aspecto sumamente cutre. Un folio donde alguien había imprimido un jpg robado de internet de una página de videntes de saldo. No paré de reírme en un buen rato, casi me atraganto con el cepillo de dientes. Gran broma. Dormí como un lirón.
Hace unos días me llegó un último dato del hotel siniestro: una señora inglesa entró a la habitación diabólica y salió escopetada porque había presencias extrañas. “Ghosts!!!“, gritaba. Son muchos los clientes que duermen mal, se marean sin razón alguna. Les duele la cabeza. El suelo parece estar raramente inclinado. Todo tan típico, tan propio de una estampa macabra de ficción como fascinante. En nada vuelvo a la misma ciudad, en un contexto más propicio. Evidentemente, pienso pedir asilo allí donde imaginan. Me llevo la tabla de ouija en la maleta, ya está nerviosa. ¿Quién se apunta? I WANT TO BELIEVE!!!

Comparte este artículo:

Más articulos de Borja Crespo