Los doctores culpan de todo a un exceso de secreción seminal que, además, no saben explicarse. Pensé que en la cárcel lo pasaría francamente mal. Violar y matar niñas, matarlas y violarlas, suele estar muy mal visto aquí dentro. Pensé que me la meterían doblada, que los vigilantes me joderían vivo y los presos me abrirían hasta la nuca. Era un sueño que tenía, supongo —no sé si una pesadilla—, me rajaban un quiste de pus que yo —creía que— tenía en la nuca y, al sajarlo con una bisagra oxidada, la supuración que emergía se iba volviendo negra. El preso gordo y velludo que me lo sangraba iba sacando la mierda con la mano envuelta en una bolsa de esas en la que meten las aceitunas en algunas verdulerías, regando el suelo con una lava de alquitrán. Aquí no me dejan leer, porque dicen que eso me hace más mal que bien, que ayuda a segregar más sustancia; pero he imaginado que leía un libro de esos en los que se interpretan los sueños, y allí explicaban que el pus venía a ser lo mismo que el esperma. Por eso creo yo que soñé que, después de rajarme el quiste y sacarme la escoria, el gordo me metía la polla dentro. El hombre tocino latía como cerdo embutido, con los ojos como cebolletas en vinagre, y en su polla crecía una pupila color atún —blanco, de lata, con su mismo olor mezclado con el jugo de las aceitunas de la bolsa — que se me iba subiendo cráneo arriba, fijándose en cómo tenía yo organizadas las ideas, el cerebro. Sospechaba yo que lo iba a pasar muy mal aquí dentro, que guardianes y reclusos iban a martirizarme con mil perrerías por lo que les había hecho a esas niñas, a los monos, a los negros y a todos. Pero no, no ha pasado nada. Debe de ser que ahora la gente —hasta los ladrones y los asesinos— está como mejor educada mirando esos documentales de la tele sobre los traumas infantiles, el estrés, la marginación. Deben de estar al tanto de lo que dicen los médicos, que lo mío es culpa de la secreción excesiva que me pone a mil las hormonas y me impide razonar lo que hago; que viene a querer decir que las cosas que hice no las hice exactamente yo. A mí me suena a chino todo esto, la verdad, y no termino de creérmelo, y a veces pienso, recordando todo aquello, que sí era yo el que las golpeaba, las dormía, las desnudaba, las follaba, las mordía. Y también era yo el que iba a quemar el barco y reventó los monos, los negros, todo. Pero el doctor dice que no, que me olvide, que no fue culpa mía, sino de las glándulas, las células, las hormonas; que si alguna vez tengo hijos varones, con huevos y polla, habría que hacerles muchos análisis. Y, lo mejor de todo —por eso hoy estoy tan contento que hasta me he puesto a escribir—, que lo mío hasta puede llegar a curarse con unas pastillas.
