El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Cuando habla la nada

Historias de amor (y apocalipsis)— 25-05-2011

De chaval crees que eres inmortal. Trepas a árboles que parecen secuoyas sin fin, sempiternas, sin plantearte la posibilidad de darte un absurdo trastazo. Saltas innecesariamente desde alturas imposibles sin miedo a romperte el alma. Cazas saltamontes asesinos como en un safari africano, insectos letales de aspecto alienígena, protagonista de una hazaña de película a pequeña escala. Lanzas piedras a tus enemigos del barrio de al lado, rivales porque sí, por tu cara bonita, con una furia inusitada que ya la quisieras ahora. Rompes cosas sin tener que pagarlas, sin rendir cuentas a nadie, y te pegas con la mano abierta por un bocadillo de Nocilla en el recreo, ese paraíso de futuros traumas. Te tiras por terraplenes a lo loco, sin pensar en el abismo, eso nunca, y practicas deportes de riesgo sin saberlo, pavoneándote como un animal marcando territorio, luciendo cuantos más moratones y brechas mejor, ese mapa de cicatrices que marcan el carácter, que hablan de tus primeros pasos en la vida, por los siglos de los siglos, amén. De niño no sabes lo que te espera, no lo sabes… Te dejas llevar por la aventura. Eres inmortal. Te pierdes en bosques laberínticos y exploras lugares abandonados sin miedo a la nada. Paisajes sombríos que te hacen saborear el miedo, el pánico irracional, una de las pocas sensaciones de la infancia que puedes rememorar a cualquier edad. A cualquiera.

Recuerdo, en aquella época de inocencia aventurera, las excursiones improvisadas a un chalet abandonado cerca de casa, donde un grupo de proscritos escondíamos revistas porno que nos agenciábamos de manera fraudulenta, pidiendo periódicos por los bloques del vecindario, puerta a puerta, para prenderles fuego en la sanjuanada. Siempre caía alguna Interviú. Eso no se quemaba en la hoguera, se guardaba para rendirle culto a Onán, o para echarse unas risas sin más. En una de nuestras visitas a la mansión misteriosa, cubierta por la maleza, llena de basura del pasado, vestigios, huellas, deshechos humanos, nos topamos con una imagen dantesca, incapaz de borrarse de mi mente desde entonces: una gallina volando sin cabeza. Gotas de sangre salpicaron nuestros sorprendidos rostros de chicos acelerados. Planeó la carne emplumada por encima de nuestros caretos de infantes perdidos. La imagen del horror. El retrato de la muerte. El ave decapitada tardó en expirar. Se agitaba como poseída por el diablo entre la hierba sin podar. Unos mayores le habían pegado un hachazo bien gordo para comérsela después. O eso nos dijeron. En la escuela no te enseñaban estas cosas, matar animales sin que sufran. En misa tampoco. ¿O sí?

En esa lúgubre vivienda abandonada había sexo y muerte. Sexo ingenuo y barriobajero, de púberes pre-acné tocándose las partes nobles, a ver si eso que decían por ahí era la hostia en verso. De adolescentes haciendo sus primeras incursiones en el lado prohibido, empezando a amasar secretos, confesables próximamente, de borrachera. Fumábamos hojas dobladas de cuaderno de anillas en comandita, antes de que existiera el botellón, tragábamos humo puro, nos contaminábamos, pensando que en el mundo siempre sería preescolar. Párvulos despistados en busca de las primeras grandes respuestas, queriendo imitar a los adultos, experimentando, deshaciendo enigmas o más bien enturbiando nuestra futura existencia. Ya vendría pagar los peajes después. Allí se notaba también la presencia de la muerte. Respirar en un lugar abandonado a su suerte, donde se sacrificaban y torturaban animales e insectos. Donde iban canes vagabundos que habían recibido más de una pedrada a dormir ad eternum. Gatos huérfanos y enfermos en busca de una paz que no les dábamos. Últimos alientos.

Cuando entras en un edificio en ruinas, o paseas por un lugar inhóspito, penetrando en una atmósfera aparentemente hostil, donde la oscuridad intenta apoderarse de todo, vuelves a sentirte como un niño en busca de aventura. Inmortal. Cruzas la línea y te pierdes. Te pierdes por escenarios etéreos, sublimes, donde la imaginación se desboca. Mundos por explorar. Emociones. La luz que entra por los resquicios esculpe momentos de vida allí donde, aparentemente, ya no la hay. Momentos fugaces que han quedado latentes en espacios llenos de significado, donde la fantasía desatada puede recrear escenas de amor, muerte, miedo y lujuria. Cada rincón oculta algo… cada recoveco, cada sombra, cada objeto… Se proyecta un estado mental, una poderosa sensación, de vacío existencial, de angustia momentánea o curiosidad mortal. Arquitecturas fúnebres vestidas de claroscuro, donde cualquier cosa que se nos pase por la cabeza ha podido ocurrir. Ruinas saludando a la nada. Piedra y metal. Instantes congelados en el tiempo que encierran otros mundos que están en éste. Cementerios del tiempo.

Los lugares abandonados reflejan estados del alma. Acogen momentos de no-vida que uno puede imaginar. Paredes desconchadas, basura incivilizada, sillas rotas, cajas entreabiertas, puertas arañadas, pintadas que gritan… Restos de naufragios que apuntan a nuestra mente, donde la información se une creando una historia, una película, un cuento. Edificios muertos, habitaciones encontradas. Un viaje al otro lado, la infancia recuperada. La aventura, cuando habla la nada.

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