He asesinado a un funcionario. Esta mañana. Le he mirado fijamente a los ojos y ha caído fulminado. Fulminado. No se levantaba de su asiento detrás de la ventanilla. He sentido cierto alivio.
El muy cagonauta pretendía que me apuntase, de una vez por todas, a un viaje organizado de la vida. Lo que oyen: ¡un viaje organizado de la vida! Basta ya de excursiones por el mundo sin una meta clara, de vagabundear porque sí y hacer vida adultescente (qué palabrejo, oigan) sin aceptar un mundo increíble de responsabilidades.
Que la bohemia está trasnochada, la farándula es diabólica y la palabra hipoteca ha de estar en mi diccionario en letras de anuncio de rebajas de Bershka, fashion, fashion … Que a la mierda eso de gamberrear y holgazanear, el hedonismo es una cosa de brujas y uno ya tiene una edad para asentar la cabeza en el punto exacto donde el Gran Hermano diga. Estar en la inopia es lo que se lleva, hombre de Dios… Es más fácil para ser feliz.
Me cago en él y en todo. Yo iba a otra cosa, a preguntar una tontería sobre una subvención que no me van a dar, porque alguien me ha mandado, porque me han obligado, porque me dicen que si no soy tonto por no pillar cacho. Y me salen con este rollo de manual cristiano. He elegido un mal día para dejar las pastillas.
Le he mirado fijamente al tontolculo con barriga cebada a plazos y me he recordado a mí mismo que Dios no existe, aunque se le eche de menos. Pero ha contraatacado verbalmente, encendido, con ira ciega. Me dice, el muy hijoputa, que los de mi calaña somos prescindibles en una guerra. Que la mili debería volver y ser más que obligatoria. En esto último no le quito parte de razón, más de uno merece un meneo, pero en esta existencia caduca las reglas están para saltárselas. Intuyo que no se ha duchado en días y está calentando con el trasero la cartera en el bolsillo con el carnet de presidiario doméstico y un buen taco de cupones de ahorro del supermercado. Eso igual le incomoda.
Me propone un viaje de la vida bien montado, de bajo coste, para burgueses en chándal, que incluye un crucero con excursiones pactadas por el océano de las relaciones sentimentales. También me ofrece una estancia completa, con pulserita y barra libre de cócteles y comida basura, en un hotel con spa en el ámbito profesional y un pisito de cinco habitaciones para aposentar el culo en un barrio sin rumanos con una televisión tan grande como Pau Gasol, con miles de millones de píxeles de esos. Pone cara de esperar a que diga algo, a que pase algo…
Me acuerdo de su puta madre, que en el asilo juega a las cartas. Me imagino al individuo en cuestión un domingo por la tarde encerrado en casa, descansando en el sofá tras un sábado muy loco paseando por el centro comercial, realizando la fotosíntesis, pensando en que mañana es lunes y maldita sea la hora a la que se tiene que levantar para ir a cumplir detrás de la ventanilla y atender a inadaptados de salón como yo. Me imagino a su pareja plantada, como oyen, en otra habitación —con gotelé— de la vivienda que terminarán de pagar sus biznietos sin pensión, haciendo lo propio, mirando de reojo la gigantesca torre de ropa por planchar, bronceándose con la luz viciada que emite la ventana electrónica. A ambos les da igual lo que echen en la tele. Están esperando a que pase algo. Mejor me voy al bar.
Cae fulminado. Fulminado. El último funcionario vivo sobre la Tierra ha muerto. Sólo tuve que pensar fuerte, muy fuerte, como en letra Arial Black en supranegrita, “¿qué cojones sabrás tú de responsabilidades, maldito cabronazo, si hay que dártelo todo por escrito?“.
Salgo airoso por la puerta de Ministerio de Nosequé y observo cómo cae gente de los cielos. Cae gente. De las ventanas, de las farolas, de las nubes… Cae gente desde arriba, muy arriba, que se estampa contra la acera con un sonido de huesos rotos más que aparente, pergeñando un ruido magnético. Es la sinfonía del Nuevo Mundo.
Llego al hogar, mi casa de alquiler, esquivando cientos de cuerpos rotos sobre el asfalto. Escribo lo primero que se me pasa por la cabeza en una pancarta improvisada sobre una colcha comprada en Ikea que cuelgo en el balcón que no tengo: “Si alguien me vigila, está haciendo mal su trabajo“.
Mira, ya ha pasado algo.
