El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

XX

Sum Vermis— 21-03-2011

Mira este salami curado entre mis piernas, salchichón de nube y días. Mira cómo llora las penas del estupro que él solo ha cometido.

Llora lágrimas de sangre, como esos cristos dolientes que adoran los médium y los videntes en sus mesillas de noche, con olor a cera e inciensos.

Yo también quisiera que él, con sus lágrimas escarchadas, estuviera a la diestra de tus tetitas de algodón, sobre tu mesilla, y que, en lugar de apagar una vela, lo soplaras a él antes de tomar el sueño. Aunque el sueño ya lo tienes todo metido en esos ojos abiertos de cerámica rota, en esa mueca de dientes apretados que se te ha quedado en la boca.

Llora tu sangre este embutido venoso, criminal de la media mañana.

Así te has quedado, cojita y desnuda, gordita y muerta, como en una charcutería destemplada que hubiera puesto un cerdo viejo, de cucaña rancia, bajo los pinos, sobre el musgo de un pesebre de perros, tocones y piedras.

¿Oyes ladrar a los perros? Un sol denso y pesado, de terciopelo, tiembla entre las agujas verdes de los pinos. Las campanas se comen a los perros y yo me imagino vendiendo cupones en la puerta de la iglesia del pueblo. Cupones con tu cara de antes.

¡Iguales para hoy! ¡Iguales de ayer para hoy! ¡Iguales! ¡Iguales!

¿Qué importa que quisieras o no? La suerte ha sido esta.

Mejor hubiera sido —es verdad— que no hubieras abierto los ojos. Ya estaba dentro y, sin salirme, nunca me habría salido. Olías a pan caliente y yo era la levadura. Me doré en tu horno, metiendo y sacando la pala para ir cociendo tu pan de trufa.

No importa que quisieras o no, esa era la receta, cocinarte despacio. Pero, si te movías, había que hacerla más aprisa.

Toda la sangre fue al mismo sitio. La notaste, seguro. Mi Roma en tu Roma, golpeando tu cúpula carmesí. Un salami rojo en tus carnes morenas, clavel sobre mantilla de luto, pasodoble y querencia. España y yo somos así.

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