En los programas televisivos que cubren el día a día de jugadores profesionales de baloncesto, hay un plano especialmente goloso: el del coche. El jugador comprime todo el físico que le han sumado la genética y las pesas, hace malabarismos para colarse por la puerta, y se ajusta para alcanzar un asiento que está desplazado hasta el límite. Su tamaño se calibra en la norma de los vehículos. El chófer que mira el retrovisor por la ventanilla trasera.
El vehículo ofrece un micromundo de módulos regulables. Se puede ajustar la altura del volante, la distancia del asiento, la inclinación del respaldo, la longitud del reposacabezas; todo se articula como un inmenso brazo mecánico que se amolda para recibirnos, como la mano de King Kong ciñéndose a la gritona de Fay Wray.
El encajonamiento baloncestista es un momento de intimidad, como el maquillarse de la oficinista recién desayunada, como rociar el calzado con spray para mitigar el olor; estar presente desemboca en un reproche qué-estás-mirando. Por eso me fascinan sus equivalentes en público, en presencia constante, que afloran en cada semáforo en rojo.
Yo circulo en moto. Tengo una custom, un tipo de moto de nombre contradictorio porque viene producida en masa. En los canales nacionales aparece en rotación un anuncio de seguros que muestra mi moto como representante de todo el mundo de las motos: mismo color, mismo modelo, destacada junto a quienes se ofrecen para mediar en los desastres. Es el modelo uniforme y sobre ella luzco una visible discordancia. Por mi estatura, parece que circulo ensillado en una moto de juguete, espejo del baloncestista de asiento retrasado al infinito. No hacen las motos por tallas. En cada semáforo, veo hermanos en el desacople; todo un baile de desajustes de tamaño.
Me fascinan las motoristas a las que el largo de la pierna les da lo justo para apoyarse en las punteras, con el ángulo preciso para marcar una línea recta. Sobre las puntas parecen bailarinas de combate, empuñando metal, cabeza protegida, mirada fija en la luz de paso. Los hombres del mismo calibre se niegan a marcar puntera y lo que hacen es batirse hacia los bordillos, para hacer pie con esos centímetros extra. Son pilotos obsesionados con el lateral, conscientes de que alejarse de la acera es un impacto en su línea de flotación, un derribo por necesidad.
Pero mis favoritos son los que justifican la estructura del ciclomotor, que tiene un espacio vacío entre el manillar y el asiento. Estos son los que no alcanzan ni con las punteras ni con los bordillos, y se ven obligados en cada parada a bajarse del asiento, a hacer pie de veras, a plantarse a horcajadas en el hueco sujetando el manillar. Ese instante en el que, al arrancar, saltan para retomar de nuevo el sillín me atrapa en la discordancia en la era de la producción al por mayor. Empequeñecen el trucaje de las moteras que calzan tacón, que basculan la palanca de cambio a golpes de talón por no poder hincar el empeine, que convierten el lazo en espuela. Son esos saltadores de la distancia de apoyo los que me recuerdan la situación del hombre en un mundo de objetos producidos con la competitividad como norte resoluto. Cada vez que compruebo en las tiendas de ropa que no me entra ninguna talla, reconstruyo ese enjambre de saltamontes por las avenidas, que brincan cada vez que el semáforo cambia de color. Para curar de la homogeneidad, es sano recordar que no basta con ser regulable.
