Últimamente, cultivar el “cebolletismo”, léase compartir batallitas de antaño con otros compañeros de trinchera, es lo que se lleva en la sobremesa entre los que nos fumamos la treintena. Antes de que se pase la tontería (aunque intuyo, con cierto escalofrío, que va a ir a más), abro fuego con un ataque de verborrea inconformista propia de un nostálgico de pandereta que intenta entender lo que ocurre ahora entre la juventud, divino tesoro, comparando el percal con lo que a uno le tocó vivir (y sentir) en su día. Si nuestra endeble existencia fuera un vídeo colgado en YouTube, mientras la pieza está almacenando en búfer le daríamos a la barra de carga hacia atrás, al rewind mental, para repetir jugadas probablemente absurdas que recordamos como maestras comparando la efervescencia underground de finales del pasado siglo con la actual situación del planeta (enfermo).
Encontrar una identidad es uno de los problemas de la adolescencia, sobre todo cuando se tienen las necesidades básicas cubiertas. El que esto escribe quiso ser heavy buscando un grupo con el que mimetizarse cuando vagabundeaba por los pasillos del instituto sin entender (casi) nada. La primera cinta cassette –atención, dato romántico- que compré motu proprio fue En un lugar de la marcha, de Barón Rojo. Quería hacerme el macarra cantando “El baile de los malditos” (”Vuelven a ser las horas de Atila y Satán que se reúnen para su rito infernal…“), pero disfrutaba más con la balada “Hijos de Caín”. Llevaba parches de Iron Maiden, pero a las chicas había que decirles que te gustaban Scorpions, antes de que te retirasen el saludo. Se olía el miedo. Sin melena que agitar, el siguiente paso fue darle al rockabilly, con tupé –ese pelazo-, boogies y corbatín. Stray Cats sonando a saco, hasta que un día me vi a mí mismo bailando “Mediterráneo”, tarareada por Los Rebeldes, en una discoteca de pueblo, disfrazado de figurante despistado de Grease. Aún me aguanto cantar el “Cadillac solitario” en los karaokes post mortem madrileños. Enterré los días de Chanel, cocaína y Dom Pérignon –en realidad colonia de madre, pipas y kalimotxazo- para abrir las puertas de la percepción al rollito punkarra, de moda en los años 80, con el virus del rock radical vasco extendiéndose imparable por la tierra que me vio nacer.
Me identificaba sobremanera con las letras de canciones activas y festivas como “Mr. Snoid entre sus amigos los humanos”, de Kortatu, que remitía a las historietas de Crumb. “Odio a todo el mundo, estoy lleno de mezquindad y rezo para que llegue una guerra nuclear“, decía el temazo. La misantropía entró por la puerta para quedarse. También cantaba “Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar“, de La polla records, y “Escupe al alcalde”, de Cicatriz. Pero lo que más me ponía era Eskorbuto. Anti-todo. A la mierda, que no me entendéis, ya no huele a miedo. Sin duda era, es y será uno de los mejores grupos de la historia de la música estatal (importante este último adjetivo en el contexto de aquella época de confusión ideológica). Era un punkie de postal, bailaba ska en las verbenas y me retirada pronto a casa. Con 15 años, viviendo en Pleasentville, poca hostia se puede esperar. Cabeza rapada, botas militares compradas en el mercadillo y tirantes chorizados al abuelo, todo ellos combinado con camisetas Nike de color fucsia. Evidentemente, seguía sin integrarme. Y estaba por llegar el grunge, pero me ahorro la historia de amor desmesurado a vestirse con pantalones cortos.
Recuerdo aquellos intentos de integración como algo torpe, pero de todo se aprende y, visto el percal, me alegra sobremanera haber conocido a Eskorbuto, cuyos discos sigo escuchando siempre que me da por cagarme en todo. No hablaban de legalizar la marihuana ni de colgar por los huevos a un torero. No se casaban con nadie. Estaban enamorados de la muerte, autodestruyéndose ante el panorama para matar reinante. Ahora que los modernos se marean viendo El pico 2, y descubren el cine quinqui porque los programan en lugares presuntamente adscritos a la alta cultura; cuando ser heavy, punk o rocker, ha mutado en ser emo, pokero o pijindie, obviando el perroflautismo que tanta pereza da, es hora de reivindicar viejos lemas viscerales con gancho juvenil. Nunca he podido matar del todo el burgués que hay en mí, pero por lo menos sigo agitándolo antes de usarlo.
Los emos son algo así como los monaguillos de Marilyn Manson, que no te haga caso el objeto de deseo de la clase puede suponer el suicidio. Tokio Hotel son una tuna aficionada transilvana. Qué vida más triste. Con los pokeros uno echa de menos la ruta del bacalao, son como boyscouts que, en vez de ir al campo a jugar al escondite, van al centro comercial de turno. Los pijindies progres son los menos sinceros, con esa imagen entre Tom Sawyer y La revancha de los novatos. Nunca sabes bien por dónde van, porque, en el fondo, ellos tampoco lo saben. Conservadores a más no poder (sólo hay que observar cómo no se separan de sus parejas en festivales como el de Benicassim, matan por una vivienda de protección oficial y “hacen arte” pensando en las subvenciones oficiales), dictan las modas según la pose del mes. Leo en una revista de tendencias (perdón, en la bendita Cuore) una aviesa pregunta que le hacen a un artista de nuevo cuño: ¿qué haría si fuese invisible? No concibo que no diga ROBAR, VIOLAR Y MATAR, por ese orden. ¡ROBAR, VIOLAR Y MATAR! Alguien me dice que es un test habitual y nadie contesta algo mal visto por el pensamiento único. Hay muy poco sentido del humor y escasa mala hostia en estos días de amor y Apocalipsis.
Peckinpah se revuelve en su tumba. Su cine ahora no se podría hacer, por políticamente incorrecto y tocapelotas. Obras maestras como Perros de paja no podrían existir en los tiempos que corren, en los que la gente se hace antitaurina pero se pega cenorras en hamburgueserías decoradas a la última –a ver qué encontramos en el rastro- que despachan carne ecológica a un precio prohibitivo. O se revela como vegetariana aunque a veces le dé un buen tiento al jamón ibérico de tapadillo. Dan ganas de ir a los toros con un buen puro (¡oh, el Bombero Torero, ese gran freak show!). De fumar mierda más que nunca ahora que no se va a poder encender un cigarrillo en ningún sitio, mientras la contaminación en las urbes alcanza cotas históricas por razones que aquí omito. Apetece cagar en la vía pública, mear en los escaparates de Inditex de la Gran Vía (¡o de cualquier otra ciudad, ya son todas la misma!), de meterse speed barato del botxo hasta que sangre la pituitaria y manchar el mostrador de algún funcionario con el líquido elemento, de repartir popper en vez de botox y regalar prozac en la puerta de los colegios: es legal y así se fomenta el negocio farmacéutico. Si fuera mujer me tatuaría una polla en la frente. Siendo hombre, quizás una esvástica. ROBAR, VIOLAR Y MATAR. He elegido, ser lo que siempre seré… hijo de Caín. Barón Rojo dixit.
Acepto que soy un burgués inadaptado y coñón, con síndrome de Peter Pan. Un anarquista de salón que ya no huele a miedo a su alrededor: huele a caquita en los pantalones. La tropa va con el culo cagao por las calles, de pánico, de terror… Haz esto, haz lo otro, prohibido esto, prohibido lo otro… Vale, vale, me lo como con patatas. El resto, a montarnos paraísos artificiales, a respirar realidades paralelas y a cagarnos en la puta con textos como éste. ¡Y esto es solo el principio, jua, ja, ja, ja!
